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Opinión | La suerte de besar

La solidaridad, el cuidado y los aguafiestas

Ser solidario no es arramblar con todos los rollos de papel higiénico del supermercado, no comerse la última aceituna del plato ni gastar toda el agua caliente de la ducha

La solidaridad, el cuidado y los aguafiestas

La solidaridad, el cuidado y los aguafiestas / Freepik

Entre los 18 y los 22, año arriba año abajo, fui voluntaria en una entidad de personas con discapacidad intelectual. Cocinábamos juntos, salíamos por ahí, hacíamos teatro y hablábamos. Aprendí mucho y lo pasé bien. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Poco más. Una noche, mientras trataba de ligar con un chico malote y de barba descuidada en la barra de un bar, me preguntó por qué lo hacía y sugirió que mi motivación era el egoísmo puro y llano. «Lo haces para sentirte importante», me susurró con sonrisa pícara y encendiéndose un Ducados. Según él, quienes nos dedicábamos al voluntariado buscábamos superioridad moral. Y ahí se quedó. Oliendo a Ducados rancio y mesándose su barba. Un aguafiestas de manual.

El origen de la palabra solidaridad es latino, pero en el siglo XV el derecho francés utilizó el término solidarité para asociarlo a la idea de una responsabilidad común. La cualidad de mantenerse unidos, sólidos y firmes. De formar un todo compacto con otros. Un «todos para uno y un uno para todos». Ser solidario es una actitud vital. Es no arramblar con todos los rollos de papel higiénico del supermercado, no comerse la última aceituna del plato ni gastar toda el agua caliente de la ducha. Que el hantavirus (reconozco mi ignorancia y haberlo pronunciado con jota en alguna ocasión) navegue por los mares y atraque en nuestro país hace poca gracia, genera inquietud y despierta los miedos del 2020, pero escurrir el bulto y echar balones fuera no era una opción. Sí podría haberlo sido en el mundo aguafiestas de Trump y de quienes gobiernan desde el odio, pero no debería serlo en el nuestro. Sin valores, perdemos la esencia que nos hace humanos.

La palabra cuidar también proviene del latín (hoy he sacado a pasear a mi lado semántico) y significa reflexionar o reunir pensamientos. En el siglo XVI (siglo arriba siglo abajo) evoluciona hacia la acción de atender al otro. Una evolución preciosa. Poner la atención y el esmero en pensar cómo otra persona puede estar mejor, si tú le entregas parte de tu tiempo, de tus habilidades y de tu cariño. Los cuidados no están de moda y, si se trata de atender a dependientes, ni te cuento. Basta ver las dificultades para encontrar personal cualificado y vocacional para ejercerlo. Una profesional del Tercer Sector reflexionaba el otro día sobre lo que sentiría si alguno de sus hijos decidiera formarse en atención a la dependencia. Queremos que sean ingenieros y jueces, pero temblamos si nos dicen que quieren dedicarse a cuidar. En un país en donde acaba de alcanzarse el máximo histórico de mayores de 65 años, no es descabellado pensar que es una actividad de futuro y un nicho de negocio. Máxime si tenemos en cuenta que, por ahora, preferimos una caricia cálida por encima de la IA.

Pero cuidar no es solo patrimonio de la dependencia. Es llamar para saber qué tal está alguien o enviar un mensaje para recordar que piensas en él. Es ser generosos con nuestro tiempo y presencia. Es conversar y escuchar sin estar pendientes del móvil. Es dar las gracias a quien ha cocinado para ti. Es, como dice la semántica, poner esmero en que el otro esté bien. Sencillo. Y aguafiestas go home.

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