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Opinión

¿Para qué sirve un ser humano?

El solo planteamiento de la Inteligencia Artificial degrada a la especie que se creyó con la hegemonía del raciocinio, ahora convertida en un estorbo para un progreso indefinido

Archivo - Imagen de recurso de inteligencia artificial (IA).

Archivo - Imagen de recurso de inteligencia artificial (IA). / SOPRA STERIA - Archivo

El futuro es de la Inteligencia Artificial, pero el ser humano no figura en esta ecuación. Banalidades del estilo de «una persona siempre será mejor compañía» equivalen a proponer que «ir a pie de Madrid a Barcelona siempre será mejor que montarse en un vehículo a motor». Por otra parte, los embotellamientos crecientes son uno de los principales desmentidos a las proclamas celestiales de los gurús de la IA.

Para comercializar una hamburguesa se precisan media docena de licencias, y no hablemos para autorizar un fármaco. Sin embargo, se lanzan sin freno productos robóticos con un potencial destructivo equivalente a los arsenales químico, biológico y nuclear. Entre otras cosas, porque la IA controlará este arsenal, y ninguno de sus creadores se atreve a garantizar que los nuevos ingenios no hagan trampas.

Se habla de los documentos o libros que nadie lee, a menudo con sobradas razones. La novedad serán los textos voluminosos que tampoco nadie habrá escrito, lo cual no evitará que posean vigencia jurídica o científica. Esta invitación al caos se registra pese a que la publicidad engañosa de la IA consiste precisamente en la resolución de las limitaciones actuales de la convivencia, por la proliferación de individuos. En realidad, la acuñación de constituciones o bases contradictorias que ninguna persona revisará no preocupa en exceso a los gurús. Al fin y al cabo, ¿para qué sirve un ser humano?

La denigrante respuesta implícita al interrogante sobre el sentido humano de la realidad se halla en la base de la investigación en la IA, de momento maquillada bajo figuras ilusorias como el «alineamiento» entre máquinas y personas, tan evocador de las leyes de la robótica de Isaac Asimov. En la metáfora continua con el tráfico rodado, equivale a concluir que nadie pisará el acelerador por encima de la velocidad límite establecida en la carretera, al margen de las prestaciones por exceso del motor del automóvil. ¿Cuántos miles de vidas ha costado esta presunción mecánica, que la esfera digital elevará a cifras millonarias? No se trata aquí del dilema del coche sin conductor que atropella a un peatón por equivocación. Se plantea simplemente la hipótesis del coche deshabitado que mata porque ejerce sus virtualidades, una reedición del misterioso camión cisterna de Duel, la primera película de Steven Spielberg.

La irresponsabilidad de quienes hurgan con su dedo en el ojo de la experiencia humana es menos curiosa que el voluntarismo de los abstemios. Confían y porfían en que pueden evadirse de las consecuencias de la IA renegando de su existencia, como si los ejércitos de drones autocontrolados y anticipados en los conflictos bélicos actuales estuvieran dispuestos a perdonar la vida a los profanos. La Inteligencia Artificial es un videojuego de participación obligatoria, bajo el explícito lema de que «si no estás sentado a la mesa, estás en el menú».

El solo planteamiento de la IA degrada a la especie que se creyó con la hegemonía del raciocinio, ahora convertida en un estorbo para el progreso indefinido. No se trata de una exageración milenarista, sino de la premisa de los inversores. No pretenden la aportación de mascotas superinteligentes al servicio de sus amos, el objetivo nada oculto consiste en la suplantación de los titulares del planeta. Incluso los despidos masivos asociados a la prosperidad de la nueva inteligencia se plantean como una exhibición de músculo suprahumano. Dicho sea sin dramatismos, con la naturalidad que obliga a aceptar una derrota.

Uno de los éxitos de la revolución digital ha consistido en la falsa gratuidad económica y sobre todo medioambiental. Se trataba de esquivar la pregunta sobre cuántos recursos esenciales planetarios se malgastan, cada vez que se consulta la edad de Brad Pitt. Y mientras se escamoteaba este dato, se insistía en los cuatro litros de agua que se consumen para obtener una sola almendra, la agricultura esencial para el mantenimiento de los humanos reinterpretada como insostenible actividad depredadora.

En cuanto algo puede pensar como alguien, en realidad mejor que cualquiera, la identidad humana se devalúa. A partir de la IA, desaparece Einstein como santo laico del intelecto, y queda sumido en el primitivismo. Los seres humanos siguen jugando al ajedrez o corriendo en la pista de atletismo, pero estas actividades quedan relegadas al nivel de pasatiempos.

El señuelo de la IA es la liquidación del aprendizaje, que genera un alivio visible en el Dario Amodei de Anthropic, cuando se declara un desastre para el estudio de idiomas. La persona aprende pero, a escala física, el ser humano ya puede desplazarse miles de kilómetros sin ejercitar ninguna articulación. Ahora asiste a la aceleración de la obsolescencia programada.

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