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Opinión

Hernán, ratas y orgullo

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en su viaje institucional a México.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en su viaje institucional a México. / COMUNIDAD DE MADRID

Los últimos días han sido difíciles para la estrategia política del populismo conservador. Sus puntos fuertes, esos que enamoran a incondicionales y aúpan al poder, han mostrado algunas grietas. Es lo que ocurre cuando uno se pasa de frenada.

La provocación y el descaro forman parte consustancial de la personalidad política de Isabel Díaz Ayuso. Por el contrario, el conocimiento y la verdad son materias menores, prescindibles. Su liderazgo crece en la confrontación, y lo sabe. Después del reconocimiento de Felipe VI de los abusos cometidos durante la conquista de América y de la trascendente visita de Claudia Sheinbaum a Barcelona, pensó Ayuso que era el momento de brillar con luz propia en su visita a México. Cuesta entender la lógica política que la llevó a asistir a un homenaje a Hernán Cortés y reivindicar «una historia de cinco siglos de amor». ¡¡Amor!! Podía haber recordado al dominico español Bartolomé de las Casas, quien fue testigo de las muchas atrocidades cometidas en América. Su denuncia fue fundamental para que Carlos I promulgara leyes protectoras para las poblaciones originarias. Una legislación especialmente avanzada para la época. Pero no, eso resultaba demasiado aburrido ante la simpleza identitaria de una buena epopeya.

La alusión a las ratas nadadoras fue el último y más estrambótico intento del presidente de Canarias de alejar el MV Hondius. Ahí nos quedó claro que la prioridad nacional tiene sus excepciones. Ante las ratas, los españoles españolísimos pasajeros podían quedarse a la deriva. Hay algo que subyace en el intento fallido de Ayuso y la reacción del PP y Vox ante el hantavirus: la necesidad de que el orgullo esté siempre de su lado. Por eso la reivindicación de Cortés. Por eso la constante descalificación de la gestión del gobierno. Un socialista no puede llevarse el aplauso de la comunidad internacional. El problema es que el abuso de bravatas, ignorancia y polarización puede llevar a la soberbia y la ceguera estratégica. Entonces, indefectiblemente, llega el ridículo.

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