Opinión | Tribuna
Hedonismo en estado puro
El hantavirus puede tener una letalidad de un 30% pero, en cambio, se transmite poco y mal y tiene poca tendencia a hacer mutaciones. No es el candidato ideal para producir una pandemia
Hay un instante muy concreto del año en el que Ibiza todavía huele a lluvia, a hojas húmedas y a nostalgia. Antes del tumulto y del estrés del verano y antes de que nos sintamos, en cierta forma, extraños en nuestra propia tierra. Y es entonces, precisamente entonces, cuando una mezcla de emociones contradictorias entre sí nos invade. Alegría y duelo, al mismo tiempo. Por un lado, la ilusión por el comienzo de la temporada, donde vuelve la vida, vuelve el trabajo, vuelven la terrazas llenas, las noches largas y donde la isla despierta de su letargo. Y por otro lado, en contraposición, surge el temor de no ser capaces de hacer los equilibrismos necesarios para abordar todos los problemas, los retos y la incertidumbre que nos espera. De no saber, tampoco, cómo poner en pausa el ruido, las prisas, el tráfico y todo aquello que no deja brillar a nuestra querida isla.
Y es que el mes de mayo, con sus luces y sombras, sigue marcando el inicio natural de la temporada turística en Ibiza. Aunque algunos nos empeñemos en abrir nuestros negocios un poco antes para adelantar la apertura, consolidar plantillas y soñar que Ibiza también existe más allá del verano. Y de este modo, hemos sacrificado tiempo, esfuerzo y rentabilidad, con la ilusión de atraer y fijar plantillas, a las que ofrecer mejores condiciones y una temporada más larga, que empiece antes, aunque no dejes de cuestionarte si realmente merece la pena. Y les formas, les das tu tiempo, tu energía, tus ilusiones, y hasta tu alma explicándoles el proyecto y adelantando las contrataciones (aún sin necesidad de manos) porque piensas que ese rodaje previo les ayudará y les preparará para cuando realmente sean necesarios. Y aunque algunos, la mayoría, siguen a tu lado, siempre surgen deserciones inesperadas. Personas que parecían muy ilusionadas y comprometidas con el proyecto, incluso agradecidas por la oportunidad… y que repentinamente, de un día para otro, desaparecen antes de que empiece la verdadera batalla del verano.
Y mientras las empresas hacemos auténticos equilibrismos para atraer y cuidar a nuestros equipos, adelantando contrataciones, ofreciendo vivienda, formación o estabilidad, crece al mismo tiempo una sensación silenciosa de desazón, cuando ves que el desapego, la indiferencia y la falta de compromiso se convierten en la norma, en la tónica habitual, no en la excepción. Porque, detrás de cada desertor, no hay solo una baja más, hay horas invertidas, confianza, planificación y equipos que deben volver a adaptarse constantemente sobre la marcha. Y aunque odies la improvisación, te obligan a abrazarla y a convertirla en tu religión, en tu rutina, día tras día.
Mientras, intentas entender qué falló por el camino, qué dijiste o hiciste para que aquella persona abandonara el proyecto sin inmutarse. Y no encuentras respuesta, ni el propio desertor la conoce. Sin respuesta, sigues intentando averiguar, porque entender las causas, conocer qué hay detrás, evitaría futuras deserciones. Y aunque el mercenario siempre existe (aquel que por un céntimo más, se va a la competencia) sabes que no es este el caso.
Quizá, en esta sociedad enferma en la que vivimos, el miedo al compromiso, el desapego, la pérdida de la cultura del esfuerzo, la desconexión entre el proyecto y la persona, entre la empresa y el nuevo perfil del trabajador, son el telón de fondo bajo el que discurre este nuevo marco al que hemos de adaptarnos las empresas. Hedonismo en estado puro que se ha apoderado de una generación entera de jóvenes insatisfechos en esa búsqueda constante del placer, alérgicos al compromiso y adictos a la cultura de lo inmediato, del éxito fácil que acentúa su individualismo, su fragilidad emocional, incapaces de establecer vínculos emocionales más allá de lo superficial. Y puede que finalmente descubramos que el gran problema somos nosotros mismos, la forma en que hemos educado a nuestros hijos, sin establecer límites, poniendo todo a su alcance sin exigirles ningún esfuerzo a cambio. Confundiendo libertad con ausencia de compromiso, bienestar con comodidad constante, y amor verdadero con placer y hedonismo.
«Y cuando creíamos tener todas las repuestas, cambiaron las preguntas» (Mario Benedetti).
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