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Opinión | TRIBUNA

El antisemitismo de Netanyahu

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, en un encuentro con militares de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI)

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, en un encuentro con militares de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) / KOBI GIDEON - PRENSA DEL GOBIERNO DE ISRAEL

El término «antisemitismo» fue acuñado en Alemania en 1879 y tiene sus orígenes en el cristianismo. Los primeros textos eclesiásticos vinculaban a los judíos con Satanás con la crucifixión de Cristo. En la Edad Media, oscura como pocas, se instala la falacia del comportamiento demoníaco de los judíos, el asesinato ritual y la profanación de la hostia. No había masones ni comunistas a los que culpar. Mientras que al final del XIX se sustituye por el temor a una conspiración judía internacional. Hitler accedió al poder movilizando a millones de votantes en torno a ideas ultranacionalistas en favor de un régimen autoritario y antiliberal basado en la raza y un ejército poderoso frente a la amenaza comunista, el explotador capitalista y los judíos socialdemócratas que gobernaban la República de Weimar. En el siglo XXI tiene otros matices igualmente despreciables y similares a los anteriores.

Desde el 7 de octubre de 2023, el antisemitismo ha aumentado drásticamente en Estados Unidos, Londres, París, Berlín y hasta en la Vuelta Ciclista. La visión distorsionada del régimen lo atribuye a la radicalización islamista y la polarización generada por las redes sociales, cuando el único responsable es el gobierno israelí que confunde la crítica legítima a las políticas de Netanyahu con el odio étnico al pueblo judío. Netanyahu defiende que el carácter étnico del Estado debe guiar la política como imperativo existencial del «pueblo judío», pero ese retorcido argumentario es malinterpretado por muchos gentiles que no disciernen entre las acciones de Netanyahu y el pueblo judío en su conjunto. El apoyo de más del ochenta por ciento de la población israelí al genocidio de Gaza ha agravado la percepción.

Benjamín Netanyahu y sus seguidores se han aliado con antisemitas como Steve Bannon o Víctor Orbán al tiempo que se presentan como víctimas. Han redefinido el término «antisemitismo» por oposición a sus políticas y el de «judíos» como sus partidarios. Sostienen que el reconocimiento del Estado Palestino es antisemita, que lograr una vía de acuerdo para Oriente Medio, como pretenden España, Francia, Canadá, Reino Unido y Australia, entre otros, es antisemita. En otras palabras, el antisemitismo es cualquier oposición al régimen de Netanyahu que solo admite el apoyo ciego e incondicional a las ocupaciones ilegales declaradas reiteradamente por Naciones Unidas, matanzas, ahorcamientos, tortura, limpieza étnica, destrucción de ciudades, abordamientos en aguas internacionales y expansión de sus fronteras mediante una maquinaria de guerra brutal que viola sistemáticamente las leyes internacionales y los más elementales derechos humanos. Por tanto, los judíos de Israel, Estados Unidos o Europa que no apoyen el régimen y se opongan a la ocupación de Gaza, Cisjordania o el Líbano son opositores, «antiisraelíes» y «antisemitas».

Sobre Netanyahu pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional; es el responsable del genocidio gazatí que suma 150.000 muertos, y sus políticas de extrema derecha son las únicas que están alimentando el antisemitismo. No dudó en sacrificar la vida de la mayoría de los rehenes judíos a manos de los asesinos y terroristas de Hamás para su propia supervivencia política, poniendo en riesgo la vida de los judíos de la diáspora. Todo para evitar comparecer ante el Tribunal Supremo de Israel y ser juzgado por sus delitos. Por lo que seguirá con su aberrante proyecto etnonacionalista a pesar de la amenaza existencial que supone para el pueblo judío.

Las mentiras antisemitas fueron acalladas por los espantosos acontecimientos del Holocausto nazi convirtiéndose en inaceptables en la sociedad occidental. Alemania sigue arrastrando la culpa de la historia. Pero Netanyahu se aprovecha de esa circunstancia para imponer su agenda sin que haya una respuesta internacional común que ponga distancia con lo que hace unos años fue la única democracia de Oriente Medio. Y lo vamos a pagar con la nueva generación de terroristas que buscarán venganza.

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