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Opinión

Dani Alves y el juicio divino

La nueva vida de Dani Alves: de futbolista a predicador en una iglesia de Girona

La nueva vida de Dani Alves: de futbolista a predicador en una iglesia de Girona / .

Dani Alves dice en un evento evangélico que «en la cárcel, Dios lo hizo libre». Explicó que tras cuarenta años detenido, simbólicamente, sintió la auténtica liberación a través de Dios. En esos años se incluyen los días en los que sí estuvo, en verdad, detenido. Fue condenado por violación en primera instancia. Luego, el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya resolvió a su favor y quedó libre (no metafóricamente, sino en verdad).

Su periodo en prisión coincide con esa llamada de Dios. Y se ha abierto el debate porque el mensaje no se queda en el ámbito íntimo de la fe. Se convierte en un discurso público. Y en ese discurso aparece una idea delicada: la de asociar su libertad actual con una suerte de legitimación espiritual. Habrá que recordar que a Alves no lo ha salvado Dios de la cárcel. Más bien, lo salvó el dinero. La Audiencia Provincial acordó su libertad bajo el pago de un millón de euros. Habrá que recordar que lo salvó el Estado de derecho, siendo su caso otro de tantos que desmonta el mito de que «solo la palabra de una mujer condena a los hombres». O la demostración de que sí existe la presunción de inocencia para los hombres, frente a quienes sostienen que no es cierto. De hecho, existe tanta que hemos visto en la historia ladrones libres (ricos o políticos, casi siempre) o asesinos machistas en libertad.

Recordemos dos cosas. Una, que la absolución actual no es una cuestión espiritual. Fue una decisión judicial. Una interpretación también discutida por diversos juristas y especialistas en violencia sexual. Y, dos, que la sentencia final aún no ha llegado. Así que me pregunto: si el Tribunal Supremo al final lo condenara, ¿qué reflexión haría entonces Alves sobre Dios? ¿Diría que lo abandonó? ¿Diría que se equivocó? Quizá la espiritualidad no consiste en proclamarse salvado delante de cámaras y micrófonos, sino en enfrentarse a sus contradicciones.

Mientras, yo tengo otra pregunta. ¿Qué piensa la víctima de todo esto? ¿Cómo ve ese uso de la fe casi como certificado público de inocencia? Ella sigue esperando una respuesta de la justicia real, no de la divina. Ella llegó incluso a rechazar la indemnización para que no se dudara de su credibilidad. Quien hoy tiene altavoces y capacidad de reconstruir su imagen pública es él.

La justicia divina no es un atajo moral. Puestos a hablar del Evangelio, habrá que recordar algunos episodios. Como que Jesús de Nazaret nunca plantea el perdón como una herramienta para evitar rendir cuentas. Que nadie puede esconderse tras el poder, el prestigio o las apariencias; porque Dios juzga la conciencia y los actos. Que Jesús mostró una enorme compasión hacia las mujeres dañadas. O que dijo: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí». Tal vez ahí está la diferencia entre parecer libre y estar en paz con uno mismo. Porque quizá la verdadera liberación no consiste en proclamarse salvado ante un auditorio. Quizá consiste en poder convivir con la conciencia cuando se apagan los focos, lejos de la palabrería.

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