Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

La pantalla vencedora

Hace dos años, un informe de la OCDE sobre los países más avanzados constató que la práctica de la lectura iba a menos o, en todo caso, se estancaba

Imagen de recurso

Imagen de recurso / Ingimage

Ya pasada la apoteosis habitual del Día del Libro reaparece en directo ese enfrentamiento que, desde hace años, mantienen las pantallas contra las páginas impresas en papel. Por ahora, las pantallas ganan. Requieren toda nuestra atención, desde el momento en que el despertador del móvil nos pone en pie hasta que por la noche tenemos esa misma pantalla resplandeciendo en la habitación a oscuras, como rara compañía en el insomnio. El amor, los bulos políticos, las transacciones bancarias pasan por ahí, y ese es a la vez el sustituto de las horas de lecturas con un libro en las manos.

La era de la posliteratura viene a ser un tiempo posalfabético. Ahí nos adentramos sin pasmo, incluso con complacencia. Al comparar la novela distópica de George Orwell -1984 - y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, constatamos que si en el futuro, según Orwell, la amenaza era que nos prohibieran los libros, para Huxley el peligro era que ya nadie quisiera leerlos. Si las pantallas -especialmente, la del móvil- nos dan todo lo que deseamos, ¿para qué comprar libros y leerlos?

Por precio, distribución y de forma gratuita en internet y en las bibliotecas públicas, el libro está al alcance de todos por lo que quien no lee es porque no quiere, salvo en países salvajes o sometidos a los totalitarismos. Estamos en las postrimerías de la era Gutenberg. En las últimas décadas, en los Estados Unidos, el porcentaje de quienes leer por placer ha bajado un 40%.

Hay quien se para en el semáforo abstraído por la pantalla del móvil: está viendo como chocan dos trenes conducidos por orangutanes o atiende al engatusamiento de un influencer que publicita regaliz vitaminado. Al otro lado de la calle, otros también están ensimismados con la pantalla: un Donald Trump peinado con moño del siglo XVIII o el estallido de una guerra que no existe. ¿Para qué pararse en uno de los pocos quioscos que quedan y comprar un periódico?

Hace dos años, un informe de la OCDE sobre los países más avanzados constató que la práctica de la lectura iba a menos o, en todo caso, se estancaba. Eso encaja geométricamente con las nueve horas diarias que la generación Z -nacida entre la última década del siglo pasado y la primera del actual- dedica a la pantalla de su móvil.

No es otra forma de disfrutar del ocio: en realidad, como ya está probado objetivamente, afecta a las formas cognitivas, con el acelerador vertiginoso de la inteligencia artificial. Perdemos capacidad de atención a la escritura, inducidos por un cambio drástico en las formas de transmisión del conocimiento. Eso representa menos dominio del lenguaje y formas de pensamiento. Está presente en todos los informes PISA. Un daño colateral es el libro prefabricado, puesto a disposición del lector de forma que su mente no deba hacer el esfuerzo de masticar y digerir. Con la mejor de las voluntades mal entendidas, el mal menor es ahora la lectura pasiva. Es una lástima, porque nada hay más entretenido y nutritivo que una novela de Dickens.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

  • lectura
  • OCDE
  • Libros
  • Directo
Tracking Pixel Contents