Opinión | Tribuna

Profesor de marketing
La viralidad de «lo prohibido»
Vivimos en la cultura del «yo visible», donde la identidad ya no se construye solo desde lo que somos, sino desde lo que publicamos

Vídeo grabado con dron en el Torrent de Pareis sin autorización, difundido por las redes sociales. / GOB
La denuncia del GOB sobre el incremento de la realización y difusión de actividades no autorizadas en espacios naturales protegidos de Mallorca no debería leerse sólo en clave medioambiental. Es la punta de un iceberg mucho más profundo: el momento en el que una infracción deja de ser un acto invisible para convertirse en contenido diseñado para hacerse viral.
Algunos usuarios utilizan estos espacios como escenario de acciones ilegales para ganar notoriedad como señala el propio GOB. Y ahí es donde el análisis cambia de plano. Porque esto ya no va solo de incumplir la norma. Va de comunicar.
El marketing ha perseguido obsesivamente la visibilidad. Marcas invirtiendo millones para captar atención en un entorno saturado. Acciones cada vez más extremas, más emocionales, más sorprendentes. Hay un precedente que ilustra bien todo esto: Red Bull Stratos. En 2012, la marca Red Bull llevó al paracaidista Felix Baumgartner a la estratosfera (a casi 39.000 metros) para saltar al vacío y romper la barrera del sonido en caída libre. Una pieza de contenido global diseñada al milímetro.
El salto se vio en directo por más de 8 millones de personas simultáneamente en YouTube (yo lo vi en directo esa tarde de domingo en mi iPad) récord histórico en ese momento, generó cientos de millones de visualizaciones posteriores, trending topics mundiales durante horas y una cobertura mediática valorada en cientos de millones de dólares. ¿El resultado? Una visibilidad de marca imposible de replicar con publicidad convencional. La diferencia es clave: Red Bull institucionalizó el riesgo. Hoy, muchos usuarios replican esa lógica… pero sin red, sin permiso y sin límites.
Lo peligroso y lo prohibido generan más deseabilidad. Una infracción es, en términos de contenido, un atajo. Tiene narrativa, tiene riesgo, tiene atractivo, tiene conflicto. Y eso, en la economía de la atención, es oro. Un salto ilegal en la Serra de Tramuntana no es solo una temeridad y una imprudencia: es una pieza con potencial viral.
No es un fenómeno nuevo. Lo hemos visto antes en forma de retos virales o challenges que invitaban a consumir sustancias o realizar conductas de riesgo o ilegales: colarse en espacios prohibidos, realizar acrobacias en lugares públicos, invadir propiedad privada o generar situaciones de riesgo para terceros.
A más transgresión, más atención.
Vivimos en la cultura del «yo visible». La identidad ya no se construye solo desde lo que somos, sino desde lo que publicamos. Y, en ese escaparate constante, la intensidad marca la diferencia. El contenido neutro pasa desapercibido.
La naturaleza ya no es un espacio que preservar, sino un escenario, un decorado que explotar simbólicamente. La foto o el vídeo no documentan la experiencia: la sustituyen. Estar ya no es suficiente. Hay que demostrar que se ha estado… y hacerlo de forma diferencial.
La investigación de mercados revela que seguimos analizando comportamientos bajo parámetros tradicionales (edad, género, nivel educativo, intención de uso) cuando el verdadero motor es la búsqueda de visibilidad. No estamos midiendo el deseo de notoriedad, ni la relación entre riesgo asumido y recompensa social esperada.
Porque la sanción es diferida, mientras que la recompensa en forma de likes, seguidores, impacto y dopamina (por el éxito en redes) es inmediata. Las redes sociales son un casino donde yo publico y espero el premio en forma de reconocimiento social.
Nunca había sido tan fácil detectar una infracción. Pero tampoco había sido tan rentable cometerla. El sistema legal juega a posteriori. El algoritmo premia al momento.
La noticia del GOB habla de un cambio en las reglas del juego de la visibilidad: de cómo el entorno digital ha reconfigurado la relación entre acción y consecuencia. La infracción ha dejado de ser un problema invisible para convertirse en una estrategia de exposición.
Quizá el reto no sea solo perseguir estas conductas sino entender por qué saltarse las normas genera más valor que respetarlas.
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