Opinión
Como agua de mayo

Como agua de mayo / ÀLEX VOLNEY
Ha pasado abril y parecía que el verano ya entraba a saco. Los vencejos llegados inician la cría y cada año ven recular el tiempo, que están que trinan en el cielo anunciando que se vuelven a mover, los adultos, para ir a llenar el buche en el anticiclón más próximo que a veces supone Marruecos, para luego volver. La temperatura es un lujo auténtico, el aire acaricia nuestra piel, queda suspendido en tu ventana o en tu balcón, notas su aliento. Es un momento del año delicioso, las tardes se alargan y, por la mañana, muchas veces, las nubes han regado con calma la tierra mientras dormimos que ni la brigada importaría que saliese a remojar las calles. En el campo vuelves a poder estirar cuatro hierbas a mano y las sirves a los animales que se apresuran a saborearlas, saben mejor que nosotros que en dos semanas los rastrojos y las gramíneas serán blancas. El sol aprieta y ya casi no hay transición. Las chicas ya pasean descalzas en las terrazas y la isla se va llenando sin remedio. Este año, hemos tenido más días de calma para pasear por la ciudad, un invierno más genuino ha hecho posible recordar algunas calles y saborear algunos buenos momentos. El verano, después de este corto intervalo, llega impecable. El mes de mayo ya casi es una broma, un tramo que se desvanece hacia el estío. Todavía llueve de manera caprichosamente tradicional («pel maig, cada dia un raig»), pero agradable, aunque no todo el mundo lo perciba igual. El azul, transparente y metálico, se va cerrando a merced de un color de cielo plomizo como el color marino de las palomas. Unas vaporosas estalactitas asoman sus falsos colmillos en dirección al agua del mar que se oscurece sugiriendo una posible trompa que algunas veces acaba recreando algún pequeño tornado. El cielo de poniente se cierra y cubre el Galatzó. La bahía queda bajo una generosa cortina que se cierne sobre las gentes que corren pues habían recién llegado del aeropuerto. Esto no se parece a lo que les habían vendido, lo llevan en la cara y corren y gritan como si lloviera ácido. Siguen el guión. A algunos el seguro les cubre las horas que el anticiclón no aparece y comienza la actuación. Llamarán al agente o le escribirán un correo en busca de alternativas. La persona que los atiende también ha conseguido que el desajuste encontrado se enmiende en otros aspectos aun más ridículos y todo antes de llegar al hotel. La marca Mallorca es ya todo un pack cerrado. Mallorca no es lo que realmente es, tiene que ser lo que nos han anunciado y vendido y no cualquier otra cosa y mucho menos unos cuartos de hora con lluvia del todo imprevista cuando acabas de llegar. Muy pronto en este sentido el Dtr. Feliu Moggi nos va a ilustrar sobre la magnitud de esta tragedia monzoniana.
El chófer del autocar cede el paso a sus clientes que van subiendo y ofrecerá la misma cara de quién ve repetir durante muchos años la misma escena. Con variaciones, claro, de bailar y cantar bajo la lluvia a reclamar a los seguros. En esta, cada vez la trama es más ajustada y sin matices, pero ya la va adivinando, por instinto. Luego, y enseguida de haber parado, la pequeña borrasca los árboles cogen ese brillo inusual y la catedral ofrece su más orgulloso aspecto. Las cosas más insignificantes se presentarán muy maqueadas dibujando contornos para que el tiempo (el atmosférico) lo vuelva, poco a poco, a poner todo en su sitio.
Las coníferas entre el fuerte sol y el efecto de la lluvia van a ofrecer su mejor aroma y en algunos valles mañana por la mañana las finas nieblas envolverán con un fino sayo las laderas de nuestros montes. Miles de turistas se deslizarán por los cambios de rasante que surcan el Pla. Mallorca se llenará otra vez sin tregua ni descanso. El amago de decepción inicial a la llegada se verá rápidamente compensado. Al ciudadano que paga sus impuestos en este paraíso realmente no le va a afectar en qué idioma pueden insultar al camarero o de qué lado aboca el emisario pues ni tiempo, ni ganas, va a tener de sumergirse en el mar. La gymnesia mayor se irá saturando. Por estadística, no lo piense demasiado. La moto o la bici ya no son una buena opción, vuelva a priorizar el coche, son matemáticas. No es un chiste fácil , para nada, en nuestras carreteras al mínimo despiste puede perder la vida el artista. Deberían anunciarlo, a los locales y a los visitantes, en los paneles digitales. En todos los idiomas y a todas horas intentando evitar que menos gente acabe en una bolsa de plástico este verano.
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