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Opinión | Tribuna

Hantavirus: entre la evidencia científica y el populismo

¿Qué es el hantavirus? Así es la cepa Andes que ha causado la muerte a tres personas en un crucero por el Atlántico

Sara Fernández

El presidente del Gobierno de Canarias afirma carecer de información y, aun así, se permite aventurar «soluciones» técnicas sin base alguna y anunciar irresponsablemente que «Canarias está en peligro». Con ello no solo genera dudas sobre la capacidad de su propio sistema sanitario, olvidando la importancia de su prestigio para el turismo; además, pretende desoír los requerimientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), sustentados en la evaluación experta de riesgos y en la experiencia acumulada frente a emergencias similares. Seguir ese desatino comprometería seriamente el prestigio sanitario de España.

Conocemos el virus y la cepa ya ha sido identificada. Se trata del hantavirus Andes, presente sobre todo en Argentina y Chile, cuya principal particularidad es la posibilidad de transmisión entre personas. Sin embargo, no se transmite con la facilidad de la gripe o del SARS-CoV-2. Requiere contacto estrecho y relativamente prolongado, como ocurre entre convivientes, parejas o cuidadores, o exposición a secreciones respiratorias y otros fluidos corporales. No estamos, por tanto, ante un virus de transmisión comunitaria rápida e incontrolable.

Los hantavirus son virus de ARN monocatenario de sentido negativo. Su ARN no puede traducirse directamente en proteínas por la célula huésped, por lo que necesita una enzima —la ARN polimerasa dependiente de ARN— para convertir primero su genoma en ARN de sentido positivo y poder replicarse. No existen vacunas específicas porque la magnitud del riesgo no ha justificado su desarrollo, aunque la experiencia con el SARS-CoV-2 demuestra que podrían obtenerse con rapidez si fuera necesario. Además, existen sistemas diagnósticos rápidos que permiten detectar el virus y aislar con prontitud los casos sospechosos, limitando así los brotes.

Es cierto que el riesgo cero no existe. Pero solo una mutación que alterara drásticamente las características del virus podría transformar este brote localizado en una amenaza muy distinta. Nada de lo ocurrido hasta ahora dentro del barco apunta en esa dirección, ni tampoco el posible origen del contagio, situado probablemente en Argentina.

En 2025, ocho países de América —principalmente del Cono Sur— han notificado casos confirmados de síndrome pulmonar por hantavirus (SPH), con 229 casos y 59 fallecimientos, lo que supone una letalidad regional del 25,8 %. Los países afectados han sido Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Estados Unidos, Panamá, Paraguay y Uruguay. Los brotes han sido limitados y las estrategias de aislamiento respiratorio selectivo han demostrado eficacia, medidas que ya se han aplicado en el barco. Aunque la prudencia imponga más vigilancia, especialmente en los contactos asintomáticos, nada indica que la situación actual difiera de lo ya conocido ni que apunte a un escenario pandémico.

La OMS coordina la respuesta multinacional en el marco del Reglamento Sanitario Internacional, y las actuaciones en marcha se encuadran en ese mecanismo de cooperación y evaluación técnica del riesgo. Es lo correcto. Las medidas adoptadas por España, en coordinación con la Unión Europea y la OMS, constituyen una respuesta proporcionada y basada en la evidencia.

El Reglamento Sanitario Internacional es un instrumento jurídicamente vinculante para los 194 Estados miembros de la OMS. Define los derechos y obligaciones de los países ante riesgos y emergencias sanitarias con potencial transfronterizo. Desoír sus recomendaciones supondría una irresponsabilidad con consecuencias evidentes para el prestigio sanitario y general de nuestro país.

Y es que, una vez más, demasiados responsables políticos anteponen el ruido al interés general y, en este caso, a la salud y el bienestar de los ciudadanos. Frente a ello, la respuesta debe seguir siendo técnica, científicamente fundamentada y respetuosa con la legalidad internacional, con el respaldo de instituciones como la OMS y la Unión Europea. Lo último que necesitamos son bulos, alarmismo y más ruido, utilizados como arma política. A estas alturas, muchos ciudadanos estamos ya cansados de la confrontación permanente y de que cuestiones tan sensibles como la salud pública se conviertan una vez más en terreno para el populismo y la desinformación.

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