Opinión | Escrito sin red
Ábalos, un romántico entre el poder, el amor y el escarnio

El exministro de Transportes José Luis Ábalos declara como acusado en el juicio del Tribunal Supremo por las presuntas irregularidades en la compra de mascarillas / EUROPA PRESS
Me llama una amiga, lista como el hambre, lectora voraz, para regañarme: «¡Pobre José Luis, es un romántico, no seas tan duro con él, soy fan suya!». Cree que ha sido víctima, entre otras cosas, de un ghostlighting, que es un mix de ghosting más gaslighting (desaparición más manipulación); que, cuando él descubrió el ghosting de Jéssica, su mente revivió, ¡cuánta ternura!, aquel love bombing (amor en Venecia seguido de ausencia). No sé si mi amiga disfraza con la ironía lo que quizá es pura seducción por el macho alfa de la corrupción política. No sé yo, pero parece que el exministro plenipotenciario de Sánchez se conoce todas las añagazas para conmover el instinto maternal femenino. Ese «soy carne de meme, materia de escarnio y condena clara» que recuerda aquella voz desgarrada de «estoy solo, no tengo a nadie», tras su sentida estupefacción (sic) por la detención de Koldo y su señalamiento (no tiene ya ni secretaria ni chófer), remite a otro gran mujeriego: «Clamé al cielo, y no me oyó/ mas, si sus puertas me cierra/ de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, y no yo», que proclama una soledad cósmica. Al fin y al cabo, a Don Juan le redimió Doña Inés, el amor verdadero y la misericordia divina, pero al pobre José Luis Ábalos, cesado por Sánchez, expulsado de la fraternidad socialista, desnudo de poderes, le ha practicado la cruel Jéssica un ghosting que es toda la envidia de la estatua fantasma del comendador de Calatrava. Él, a pesar de todo, ¡ay, el amor!, sigue defendiéndola: «cómo puede decir que no conoce a Aldama si fue él quien me la presentó, la han coaccionado». Un amor inmune al ghosting.
Sus palabras, retando al fiscal Luzón y ridiculizando a la UCO: «¡Dónde está el dinero!; sin el cuerpo del delito no hay delito; tanta investigación y tan poca sustancia, ¡solo 90.000 euros!» son una muestra impagable de su inteligencia y humildad, las que le llevaron a la cumbre escoltando al número uno. Pero, como escribe Vicent, las cumbres son inhóspitas, y el descenso a las tierras amables acarrea caídas memorables, como la de nuestro héroe. El ministro no era responsable de nada. No lo era de los enchufes a sus amantes. Le pidió a Koldo, ese asistente que hacía y deshacía y recibía chistorras del PSOE sin que él se enterara de nada, porque él estaba en lo importante, que le procurara a Jéssica un empleo, pero en lo privado, no en lo público. Dicho y hecho, los puestos de trabajo de Jéssica en Ineco y Tragsatec, empresas públicas a las que nunca acudió y de las que cobraba, eran en realidad privadas; capital público, pero bajo la forma de sociedades privadas. Él se dedicaba a lo fundamental, el ministerio. Cuando el fiscal le espeta lo de los ocho millones de mascarillas, que primero eran cuatro, por los 24 millones de euros a Puertos del Estado, cuando a la trama de Koldo se adjudican 53 millones, colocando en Adif 12,5 millones, 3,5 millones en Interior, 11,8 en Canarias y 3,7 en Balears, él responde que todo eso lo decidió el subsecretario del ministerio, que él nunca ha estado en la gestión de nada, que siempre delegó con muchísima confianza en los subordinados. Él era el ministro, aunque no administraba nada, no tomaba decisiones técnicas, ni elegía a quienes se contrataba, ni sabía quién pagaba los chalés del verano, ni quien colocaba a Claudia Montes, ni sabía de hidrocarburos, ni manejaba dinero, ni sabía de gastos. Él era un hombre enamorado de la mujer que amenazaba con extorsionarlo. Él, como ministro, ejercía las funciones políticas de impulso y liderazgo, las determinantes de un gobierno progresista, las de todo líder que se precie de estar con las huestes de los que están en el lado correcto de la historia. ¿Gestionar el ministerio? ¡Qué horror! Él quiere transformar el mundo.
Que Ábalos es un rijoso salido de padre, de madre y de lo que se presente, se desprende de la transcripción de los wasaps a Koldo refiriéndose a prostitutas o a fiestas desmadradas como la del parador de Huesca, a la que llevaron un volquete de aquellas procedentes de Valencia. Hay que entenderlo, estábamos confinados todos en casa, en plena pandemia, mientras ellos esnifaban cocaína, bebían alcohol y ensayaban posturas extramaritales, la vida loca, pobres, los placeres artificiales. Podrían, él y algunos de los personajes con los que interactúa, parecer fruto de la imaginación de David Lynch. Así, Ábalos recuerda al impactante Dennis Hopper de Blue Velvet, interpretando a Frank Booth cuando entra en escena gritando que se va a follar a todo lo que se mueva. ¿Acaso no se parece a Willem Dafoe, en Wild at Heart, como Bobby Perú, acosando a Laura Dern, Lula Pace? Y la odontóloga Jéssica, ¿no es la mismísima Patricia Arquette, como Alice Wakefield, en Lost Highway? Es cierto, el arte prefigura la realidad. El desenfreno artístico de Lynch prefigura al desenfreno sicalíptico y gore de Ábalos; el puterío de Alice el de Jéssica Rodríguez.
Con Ábalos y su valido Koldo García hacía miguitas, también conocidas en el idiolecto macarrilla inglés como breadcrumbing, nuestra querida presidenta del Congreso, la excelentísima Francina Armengol, la autora de sesenta y cinco mensajes dirigidos a Koldo, el chófer, un admirador, un amigo, un servidor, un siervo de Ábalos. Pero no trataba sobre negocios con la trama. Koldo, cortocircuitando protocolos de relación administrativa la llamaba cariño, sin que se desprendiera de ella en ningún momento un mohín de desagrado; como tampoco los transmitía Isabel Pardo de Vera cuando el machote le decía lo buena que estaba con aquellos pantaloncitos. Koldo, el gigante de la militancia, el aizkolari del progresismo, se transfiguraba en sueños en un King Kong que solo sueña con raptarla y escalar con ella el Empire State para hacer desde lo alto de su antena una peineta a Trump. Ábalos, en la foto de El Mundo, posaba cual caballero con la mano (de Armengol) en el pecho, castigador, macho alfa, mientras la presidenta sonreía, gozosa; tan cerca del valido del pontifex maximus, del autocrator de España. ¿Se imaginan por un momento que tal licencia desprejuiciada de contacto se intercambiara? ¿Que la mano pecadora de Ábalos se depositara sobre el pecho de Armengol? Las reglas son asimétricas. Y así debe ser. ¡Ay, el poder, cómo corrompe a la política! Pero, sobre todo, lo que corrompe es el espíritu.
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