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Opinión | Al azar

Rescatar a los migrantes del crucero de placer

El crucero neerlandés MV Hondius, fotografiado el 4 de mayo frente a la costa de la ciudad de Praia, en la isla de Santiago, Cabo Verde

El crucero neerlandés MV Hondius, fotografiado el 4 de mayo frente a la costa de la ciudad de Praia, en la isla de Santiago, Cabo Verde / ELTON MONTEIRO / EFE

Siempre que se habla de turismo por mar se añade la superflua apostilla «crucero de placer», para subrayar la experiencia de aburrirse durante diez días de encierro en una prisión metálica. Y así llegamos al enigma a resolver, antes de seguir aporreando a la variante viajera más contaminante del planeta. A saber: ¿se detendría el buque MV Hondius para rescatar a los pasajeros de otro barco afectado por un virus letal, o se aferraría a mil triquiñuelas para escamotear el «espíritu humanitario» que la OMS ha impuesto a España? En tal caso, los cruceristas placenteros a veinte mil euros el billete y casi un tripulante por pasajero deberían pedir perdón, antes de ser recuperados. Además de abonar hasta el último euro de la millonaria factura.

Una vez demostrado que ellos no lo harían, España debate si debe rescatar a los migrantes del crucero de placer, mediante un esfuerzo que multiplica por cien al mimo dedicado cada día por el Estado a los pacientes de la Sanidad pública. Por no hablar de otro tipo de migraciones. Una vez que Sánchez ha elegido, como de costumbre, la opción más comprometida, se recupera la dialéctica de los virus mortíferos y la plaga de los epidemiólogos.

Para quienes exigen una dieta alarmante, cada vuelo Frankfurt-Palma es una bomba infecciosa, según demostró la covid. Hasta entonces, se aceptaba que otros seres humanos podían estar aquejados de una enfermedad contagiosa sin odiarlos, aunque debería permitirse increpar al compañero de trabajo que se pasa la mañana tosiendo en tu cara. De hecho, se intentó sin éxito señalar a los seropositivos del sida, una inquisición que no fructificaría hasta el esplendor del coronavirus. Mientras tanto, los pasajeros del Hondius comen langosta porque nadie les quiere. En efecto, aflora la misma contradicción que en el Titanic, salvo que el transatlántico derrotado por un iceberg del cambio climático es hoy el planeta entero. Si desean tranquilizarse, ningún bicho puede empeorar la probabilidad de la permanencia del ser humano sobre el planeta, y por ahí sigue.

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