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Opinión | Tribuna

Paradojas temporales

El canciller alemán Friedrich Merz viaja en un vehículo blindado de ruedas Boxer durante un ejercicio de las Fuerzas Armadas alemanas (Bundeswehr) en Münster, el pasado 30 de abril.

El canciller alemán Friedrich Merz viaja en un vehículo blindado de ruedas Boxer durante un ejercicio de las Fuerzas Armadas alemanas (Bundeswehr) en Münster, el pasado 30 de abril. / HANNIBAL HANSCHKE / POOL / EFE

La situación en Alemania es preocupante. Mertz trata de reconstruir una economía gripada desde que Rusia atacó Ucrania traicionando el acuerdo tácito germano-ruso de comprar gas barato a cambio de paz. Los doscientos millones de euros diarios que Alemania pagaba a Gazprom antes de la guerra han llegado a costar a cada hogar alemán hasta un ochenta por ciento más.

La energía es el gran problema, por tanto, agravado seriamente desde el ataque americano a Irán. Desde el 28 de febrero, el noventa por ciento de las empresas manufactureras alemanas, netamente exportadoras, están sufriendo. Las rutas de envío se han visto restringidas, tienen problemas de suministro para productos intermedios o materias primas; padecen la interrupción del transporte aéreo de mercancías; el aumento de los costes logísticos, el de las primas de seguros de transporte y el incremento de los gastos financieros. Trump les ha dado la puntilla en un ataque de rencor en respuesta a las críticas de Mertz y Pistorius, incrementando los aranceles a la exportación de vehículos del 15 al 25 por cien. No entiende que de esta forma potencia la hegemonía tecnológica china, cuando lo que interesa a un imperio en decadencia como el americano es una Alemania más fuerte.

BYD ha pasado de fabricar 5 millones de coches en agosto de 2023 a 15 millones en 2025. Incluyen prestaciones superiores, pasan menos por taller y son un treinta por ciento más baratos. Es la consecuencia del error neoliberal de deslocalizar la producción tecnológica europea (y mundial) en China aprovechándose de la mano de obra cuasi esclavista. Consciente de su fabuloso poder de mercado y de nuestra absoluta dependencia, Xi Jinping nos ha impuesto un cerrojazo a la exportación de tierras raras dejando a los alemanes sin materia prima para fabricar componentes esenciales. Sabe del descenso acumulado automotriz alemán del doce por ciento desde 2024. Por lo que a los teutones les convendría reconvertir sus fábricas en armamentísticas y plantearse fabricar coches en España aprovechando nuestra competitiva mano de obra.

El acuerdo conservador-socialdemócrata resiste, pero la opinión pública cede paulatinamente ante los neonazis de AfD. Un estancamiento económico con dos recesiones técnicas en 2023 y 2024 y una levísima recuperación del 0,2 por cien en 2025 alimentan el debate populista. La proximidad ideológica de AfD con Putin induce a defender el fin de las sanciones a Rusia, un golpe bajo que cuenta con el apoyo popular al suponer energía más barata. Pero los alemanes deberían recapacitar sobre la vuelta de un partido ultra al poder. O eufemísticamente: «La comprensión del pueblo basada en la etnicidad y la ascendencia que prevalece dentro del partido es incompatible con el orden democrático libre», publicó la Agencia de Inteligencia Nacional Alemana hace un año.

Las declaraciones del canciller evidenciando el fracaso de Trump en Irán responden a las presiones externas: el 27 por ciento de los alemanes apoya a los neonazis, frente al 22 por cien de la coalición gobernante; EE UU se desentiende de la guerra de Ucrania y levantará las sanciones a Rusia. Una amenaza geopolítica que motiva el rearme alemán a cambio de recortes sociales de 15 mil y 30 mil millones de euros en los dos próximos años, incrementando el descontento y alimentando a AfD.

La diatriba energía-seguridad es endiablada y podría provocar que conservadores y socialdemócratas perdiesen el gobierno en 2029. El panorama sería una Alemania rearmada – por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial-, una Alemania prorrusa y una Alemania gobernada por neonazis. Utilizarían la democracia como pasarela para imponer ideas fracasadas y autoritarias como las de los actuales EE UU.

Si alguien nos hubiera dicho hace cinco años que los alemanes dejarían de vender coches; que los americanos renegarían del pacto atlántico, que amenazarían con ocupar Groenlandia, que atacarían a Irán en contra del criterio del Consejo de Seguridad Nacional del presidente o que neonazis podrían volver a gobernar, lo hubiésemos tomado por loco. Casi siempre es falso, pero «cualquier tiempo pasado fue mejor» parece una paradoja temporal.

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