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Opinión | En aquel tiempo

Edadismo ambivalente

«Los jóvenes al poder» es casi un mantra que subyace a muchos cambios inesperados en instituciones clásicas

Relevo generacional

Relevo generacional / .

Si uno recorre el llamado «grupo de cohesión» de cualquier institución, que no siempre coincide con su «Consejo de Administración», advierte que, en general, está formado por personas entradas en años, a la vez que con una cierta experiencia institucional en años pretéritos. Es de pura lógica que tales personas han acumulado experiencias y vivencias objetivamente relevantes, de tal manera que suelen aportar puntos de vista, y tal vez, decisiones concretas, para el gobierno cotidiano de su empresa, sea la que sea, y por lo tanto merecen ser escuchados y respetados. Sobre esta cuestión, así planteada, no hay crítica que hacer. Es de sentido común.

Pero cada vez más, aumentan comentarios hirientes y hasta agresivos relativos a esas personas entradas en años, como si fueran un «peso muerto» que se desliza año tras año en una especie de silencio institucional, que suele ir en aumento. «Los jóvenes al poder» es casi un mantra que subyace a muchos cambios inesperados en instituciones clásicas, que acaban por entrar en un dinamismo censor respecto de tales personas. De tal manera que aparece una suerte de «edadismo», que puede acabar por mostrarse cruel e impertinente. El cambio generacional es una necesidad, pero la anulación de directivos y miembros del cuerpo trabajador, dejando de lado la edad de preceptiva jubilación, no deja de resultar empobrecedor para toda institución que se precie. Repetimos: lo preocupante es ese «edadismo» que acaba por convertirse en una especie de guadaña para personas que están perfectamente preparadas, en todos los órdenes, para seguir desarrollando tareas múltiples en su cuerpo laboral. Una cosa no quita la otra, si bien nos someta, una especie de «malestar moral» cuando somos conscientes de esta auténtica barbaridad. Concretemos más.

Toda sociedad/empresa/institución necesita la sangre fresca de personas jóvenes con capacidad física y psíquica para enfrentar problemas y situaciones inesperadas, desconcertantes y tal vez, capaces de trastornar a una persona mayor. Pero también es verdad que esa misma colectividad debiera reconocer que los consejos, advertencias e inclusive «signos de futuro», habita en la vida de los empleados de mayor edad… a quienes se pretende marginar exculpándose en la edad, en la falta de reflejos, inclusive a una tendencia a paralizar las sugerencias de los más jóvenes. Que en determinados casos sea así, por supuesto, pero en muchos otros, los «mayores», bien situados en el conjunto, aportan una sabiduría que ni la IA es capaz de sustituir. ¿Sobran asesores? Tal vez. Pero depende de quienes resulten elegidos para tal tarea fundamental.

Más todavía, uno se pregunta por la razón que impide que esos mismos «maduros» formen «grupos de opinión», de forma que trasladen sus excelentes experiencias tal vez a su antigua empresa, tal vez al conjunto social. Seguramente tienen buenas relaciones con los medios y un cierto prestigio social, de forma que sus aportaciones significarán un apoyo considerable a quienes les han sustituido en las tareas responsables. Si esos grupos existieran, otro gallo nos cantaría, pero no «grupos ideologizados», antes bien, «grupos vinculados por la amistad» y con capacidad de poder exponer públicamente sus puntos de vista con absoluta libertad. Los anglosajones abundan en tales «clubs» relativamente privados, pero en todo caso, como producto de una sociedad consciente de la valía de su madurez, acumulada con los años.

Una «madurez bien llevada» es un instrumento de futuro, aunque un tanto sorpresivo, de la misma forma que una juventud falta de la debida preparación puede resultar perjudicial para cualquier trabajo. La edad no debiera ser discriminatoria, dejando de lado situaciones evidentes. Todo exige perspicacia, método y sabiduría, pero es evidente que las tres cualidades aparecen con intensidad en unas personas que, precipitadamente, eliminamos de toda «presencia institucional» por la única razón de la edad. Ese «edadismo» es una gravísima enfermedad social, solamente un tanto explicable por razones generacionales, en general evidentes cuando analizamos los casos.

¿Toda jubilación es edadista? En absoluto. Pero tampoco toda jubilación tiene sentido personal o social. Y en todo caso, las opiniones de los «mayores» suelen tener ese punto de perspicacia, tantas veces ausente en personas más jóvenes. Puede molestar esta visión del problema. Pero, por lo menos, admitirán los lectores que estamos ante un planteamiento bastante objetivo de situaciones que nos encontramos una y otra vez. No todo está escrito. Aunque duela aceptarlo.

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