Opinión
Un año de Prevost

El Papa León XIV / Maria Grazia Picciarella/SOPA Im / DPA
¿Qué hacías tú la tarde del 8 de mayo del año pasado? Yo estaba enganchado a una de las retransmisiones más aburridas y apasionantes de la historia, todo a la vez. Si la seguías a través de la señal de la televisión vaticana, sin comentarios, era una mezcla de documental de animales y de vídeo de fuegos domésticos. Los comentarios de casi todos los expertos avisaban de que era prácticamente imposible que, tras las votaciones exploratorias del primer día, se llegara, el segundo, al quórum necesario para elegir al Papa. Por eso, la tarde del 8 de mayo se presentaba plácida, a la espera de la constatación de una nueva fumata nera, que era el color más probable del humo que debía salir por la chimenea más observada del mundo. Estaba embobado (medio por curiosidad, medio por deformación profesional) ante el enorme espectáculo de casi dos horas que ofrecían dos cámaras fijas: una, con un primer plano de la chimenea; otra, con un plano medio. Y con una familia de gaviotas (el padre, la madre y un pollito) que adquirieron un protagonismo insólito, indiferentes al anuncio del gaudium magnum: aquellas gaviotas que, desde hace años, han colonizado el cielo y las azoteas romanas. Entonces, poco más tarde de las seis, las gaviotas se asustaron, pero no mucho, al comprobar que, de aquel trozo de hierro cilíndrico salía un humo que, sin discusión, sin duda (como había ocurrido otras veces) era blanco. Entonces, se escuchó un grito unánime y fervoroso, como si un delantero hubiera marcado el gol decisivo segundos antes de acabar el partido. La devoción católica ha derivado, como tantas otras devociones, hacia el enardecimiento propio del estadio. Y bien, después llegaron las bandas militares que llevaban horas atrincheradas, y sonaron los himnos y se proclamó el nuevo Papa.
Hubo comentarios de todo tipo. La sorpresa de un pontífice americano desató la idea de que la Iglesia había escogido a un Papa anti-Trump, pero, al mismo tiempo, el regreso a la pompa vaticana después de un pontificado rupturista hacía presagiar un giro conservador. Los progresistas se fijaban en el nombre (León XIV, un reconocimiento a la figura de León XIII, que instauró la doctrina social) y los conservadores confiaban en un Prevost alejado de las tonterías sinodales y de otro tipo que, según ellos, estaban a punto de provocar un cisma.
Un año después, León XIV, después de unos meses discretos y casi fantasmagóricos («es muy pragmático y muy culto», ha dicho de él Giovanni Maria Vian, exdirector de L’Osservatore Romano), se ha convertido en uno de los opositores más firmes a las políticas del presidente estadounidense. A la espera de su primera encíclica (parece que se publicará el 15 de mayo, con el nombre de Magnifica humanitas), que se anuncia en determinados círculos católicos como una respuesta a las crisis y amenazas que sufre el mundo, su actitud contra la guerra y contra el ascenso de la extrema derecha, es para muchos un faro moral. Será una semana interesante, con la visita de Marco Rubio al Vaticano y del Papa a Nápoles. Vesubios al borde de la erupción.
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