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Opinión | Tribuna

Hamidreza Bohlouli

Hamidreza Bohlouli

Hamidreza Bohlouli, investigador independiente

Ni hipocresía ni coherencia: el niqab y el Estado que regula sin proteger

Dos perosnas con burka o niqab, en una imagen de archivo.

Dos perosnas con burka o niqab, en una imagen de archivo. / PASCAL GERARD / EFE

El reciente discurso de Cayetana Álvarez de Toledo sobre el niqab ha vuelto a instalar una acusación previsible: la hipocresía del socialismo español. La tesis es conocida: la izquierda denunciaría con firmeza el patriarcado en contextos occidentales, pero adoptaría una tolerancia indulgente cuando ese mismo patriarcado aparece bajo la forma de práctica cultural o religiosa minoritaria.

La crítica funciona porque ofrece claridad. Pero esa claridad es engañosa.

El problema no es que una parte del espectro político sea incoherente. Es que el propio terreno en el que se formula el debate está estructurado por una lógica que produce esa aparente incoherencia: una forma de gobernar que no se reduce a decisiones ideológicas puntuales, sino que forma parte de cómo opera el Estado contemporáneo.

No es que el Estado no sepa. Es que administra lo que sabe de un modo específico: sabe lo suficiente para regular, pero no convierte ese conocimiento en obligación de proteger. Hace visible sin asumir responsabilidad. Regula sin proteger plenamente.

En este marco, el niqab deja de ser un simple símbolo a favor o en contra de la emancipación femenina. Se convierte en el punto donde esa lógica se vuelve visible.

Por un lado, la prohibición del niqab se presenta como intervención emancipadora. Hace legible el cuerpo: lo expone, lo integra en un régimen visual común, lo inscribe en una narrativa de igualdad. Pero esta posición no pregunta qué ocurre con esa mujer después: si tiene trabajo, si puede denunciar, si su comunidad le permite sostener esa exposición. La visibilidad no garantiza protección. Puede, de hecho, intensificar la vulnerabilidad de quienes ya ocupan posiciones vulnerables, sin transformar las condiciones que producen esa vulnerabilidad.

Por otro lado, la defensa del niqab en nombre de la autonomía individual respeta la decisión declarada de la mujer, pero tampoco pregunta en qué condiciones se formó esa decisión, ni si hubo alternativas reales. Esta retirada tampoco es neutral: es otra forma de gobierno, una que tolera la práctica sin interrogar las condiciones que la estructuran, desplazando la responsabilidad hacia el ámbito privado, comunitario o cultural.

Ambas posiciones gestionan la visibilidad del símbolo. Ninguna garantiza las condiciones materiales de la libertad.

Basta mirar los datos: el 63% de las mujeres migrantes en España ha sufrido algún tipo de violencia, según el informe Migradas del Movimiento por la Paz, financiado por el propio Ministerio de Inclusión (2024). Las principales barreras que les impiden acceder a recursos son lingüísticas, administrativas y culturales. El Estado las conoce. No las elimina. El debate sobre el niqab ocupa portadas. Esas barreras, no.

Es aquí donde la acusación de hipocresía se revela insuficiente. No porque sea completamente infundada, sino porque toma como fallo moral lo que en realidad es un mecanismo estructural de gobierno. La aparente doble vara no es una desviación del sistema: es uno de sus modos de funcionamiento.

El niqab, en este sentido, no es una excepción incómoda dentro de un marco coherente. Es una ventana hacia sus límites.

Permite al Estado —y al debate público— escenificar principios universales sin comprometerse con las condiciones materiales que harían posible su realización efectiva. Se discute si una mujer debe o no cubrir su rostro, pero no se garantiza que disponga de lo necesario para que esa decisión —sea cual sea— pueda ejercerse como libertad real.

Es precisamente ahí donde el Estado administra su conocimiento sin convertirlo en obligación: en el desajuste entre lo que regula y lo que protege.

No estamos, entonces, ante un conflicto entre feminismo y relativismo cultural, ni ante una simple incoherencia ideológica. Estamos ante una forma de poder que requiere que ciertas vidas permanezcan en un umbral: lo suficientemente visibles como para ser gobernadas, pero no lo suficientemente reconocidas como para ser plenamente protegidas.

No porque falten argumentos más claros, sino porque la claridad misma es parte del problema: reduce una tensión estructural a una disputa moral entre posiciones que, en el fondo, comparten el mismo límite.

Y es en ese límite —no en la supuesta hipocresía de ningún partido— donde el debate sobre el niqab revela algo más incómodo: que el consenso real entre quienes lo prohíben y quienes lo defienden es, precisamente, no comprometerse con las condiciones que harían libre a la mujer que lo lleva.

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