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Opinión | Pensamientos

Los alumnos de la ESO y los humos

Los alumnos de la ESO y los humos

Los alumnos de la ESO y los humos / Freepik

Siempre se asocia adolescencia con pavo y tontería, ahora unos alumnos de Educación Secundaria (ESO) de Palma nos acaban de dar una lección sobre la peligrosa contaminación que sufre la ciudad.

Los protagonistas son estudiantes del Col·legi Santa Magdalena Sofia, situado en pleno corazón de Son Cotoner y cercado por miles de vehículos. Las horas punta en la calle Francesc Martí i Mora, donde está ubicado el centro del Bisbat, son un caos de tráfico y de polución.

Los niños y jóvenes entran y salen en un escenario de desorden y crispación: coches mal aparcados invadiendo la calzada, autobuses y camiones que no pueden avanzar, padres y madres ansiosos esperando a sus retoños, gases por doquier… Pese a todo, los colegiales no pierden la sonrisa y sus peculiares rituales de la infancia.

Cualquiera que pase por allí se da cuenta, rápidamente, de dos cosas: no hay agentes regulando el tráfico y cuesta mucho respirar. Son rutinas de muchos colegios en España y la Asociación Ecologistas en Acción ha promovido un estudio científico para calibrar la disfunción.

Los chicos de la ESO del Santa Magdalena Sofia han participado, alegres y divertidos, en esta experiencia. Han efectuado mediciones de la contaminación en seis centros de Ciutat, incluido el suyo.

Los resultados, publicados hace unos días por Diario de Mallorca, son desalentadores: todos superan, por mucho, los niveles de emisiones que la Organización Mundial de la Salud considera peligrosos.

La recomendación de la OMS fija un tope de 10 microgramos por metro cúbico de dióxido de nitrógeno. Pues bien, en Francesc Martí i Mora, coincidiendo con las horas de acceso y salida, se han detectado 36,36 microgramos por metro cúbico.

En otras estaciones de medición las cifras son igualmente preocupantes: se superan los 20 microgramos.

La realidad es que los escolares tienen que estudiar, reír, atender, jugar, hacer gimnasia, leer, escribir y vacilarse entre ellos en un ambiente cargado y perjudicial, a corto y largo plazo. Los profesores, lógicamente, también respiran esos aires.

La contaminación en Palma es algo que se ve, pero que no se quiere ver. Hacemos como que no existe; fardamos de una urbe limpia, bendecida por el sol mediterráneo y purificada por las brisas marinas. Postureo descarado.

Tienen que venir unos jovencitos con el uniforme azul y las playeras desgastadas para sacarnos las vergüenzas.

La gratuidad de los autobuses para residentes, y el incremento exponencial de turistas, están poniendo a prueba a la EMT y a la red TIB, que pueden morir de éxito. Cada vez hay más viajeros en los buses públicos, pero no desciende el uso del vehículo privado.

Aumentan los caros automóviles eléctricos e híbridos, pero las emisiones tóxicas no menguan o, incluso, crecen. No hace falta ser un experto para saber que los miles de aviones que transitan por Son Sant Joan y los cientos de barcos que recalan en el Port también colaboran en el desastre.

Los becarios científicos y las Asociaciones de Familias de Alumnos reclaman una reducción del tráfico. Proponen una serie de medidas: disminuir la velocidad; ampliación de aceras; red de carriles bici segura, práctica y extensa; y creación de parques y zonas verde.

También se solicitan zonas de juego seguras, no tanto ante los delincuentes, sino libres de automóviles y sus emisiones.

La urbe sufre otros numerosos puntos negros: Avenidas, Vía de Cintura, Camí dels Reis, polígonos, primera y segunda línea del mar... Tiene mal remedio la cosa. Es una conurbación con polos de atracción muy dispersos y distantes, con numerosa población que reside en sitios diferentes a donde trabaja, estudia, hace deporte, se divierte o sufre. Hay turistas a patadas. La red pública de transporte es manifiestamente insuficiente para cubrir esa movilidad. Además, seguimos teniendo la cultura del coche propio para todo.

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