Opinión | Entrebancs
Preocupaciones y perspectivas
Todavía tenemos índices positivos de crecimiento económico, sobre todo vinculados a la actividad turística. Pero la pregunta es inevitable: ¿a quién beneficia realmente este crecimiento?

Trabajadores en la Sanidad Pública se manifestaban en febrero de 2026 por mejoras de salario / Manu Mielniezuk
No hay un hecho más grave hoy en España y Europa que el deterioro provocado y progresivo que se está produciendo en el modelo social europeo. Ahora que se habla tanto de blindar derechos no hay nada más urgente que garantizar algunos de los que componen el estado del bienestar.
Valgan como ejemplos el escándalo en la sanidad pública por la falta de cribados, huelgas incluidas, y las excesivas listas de espera por carencia de medios materiales y humanos. Y la falta de personal adecuado en ciertas comunidades autónomas donde avanza la privatización de la enseñanza, ahogando las finanzas y formación de las universidades públicas, mientras surgen como setas los centros particulares.
A pesar de los índices positivos de crecimiento económico y la recuperación y creación de empleo, los índices de preocupación entre la ciudadanía son altos y las perspectivas bajas. Si pretendemos una economía productiva y competitiva debemos compaginar el respeto ambiental y el uso racional de los recursos naturales, con un progreso social que favorezca el empleo de calidad, la igualdad de oportunidades y la cohesión social; que permita satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las generaciones futuras.
Nuestro crecimiento económico, basado en el turismo, es un hecho; pero no garantiza su sostenibilidad, ni repercute en un progreso social, además de la excesiva ocupación del territorio e infraestructuras. Y el futuro es incierto debido a la aceleración de la crisis energética impulsada por la guerra de Ucrania y de Oriente Medio y las «guerras políticas» con unos impactos muy visibles en todo el mundo, como es una inflación muy alta y la falta de ciertos productos. Balears se encuentra especialmente afectada, y necesitada de cambios estructurales. En la sociedad que nos ha tocado vivir se van acumulando señales de alarma que convendría no trivializar. Se habla mucho de crecimiento, de recuperación, de buenos datos, pero cada vez se nota menos en la vida real de la gente.
En Balears, este proceso resulta especialmente llamativo. Todavía tenemos índices positivos de crecimiento económico, sobre todo vinculados a la actividad turística. Pero la pregunta es inevitable: ¿a quién beneficia realmente este crecimiento? Mientras los indicadores macro mejoran, cada vez hay más gente (incluidos Pimes, autónomos y asalariados) a los que les cuesta llegar a fin de mes; trabajadores jóvenes que no pueden emanciparse; familias que destinan una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler. Vivir se ha convertido, para muchos, en una carrera de obstáculos.
Celebramos la creación de empleo, pero al mismo tiempo vemos su baja calidad, su temporalidad, su incapacidad para garantizar estabilidad. Centrarse únicamente en las cifras implica ignorar algo fundamental: el progreso social. Y el progreso social no se mide solo en PIB, sino en salarios dignos, acceso a la vivienda, servicios públicos de calidad, seguridad vital y expectativas de futuro razonables.
Seguir apostando por un modelo basado casi exclusivamente en el crecimiento cuantitativo del turismo tiene consecuencias conocidas: salarios insuficientes, acceso prohibitivo a la vivienda, saturación de espacios públicos y un aumento de las desigualdades. La cuestión es si este problema se abordará con soluciones estructurales o si, por el contrario, se dejará en manos de salidas individuales y del sálvese quien pueda. Se trata de apostar por la participación de la ciudadanía en un proceso continuo a través de organizaciones sociales, deportivas, culturales, sindicales… Los partidos políticos no tendrían que convertirse en simples maquinas electorales, sino en ejes fundamentales de vertebración política, económica y social.
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