Opinión

Profesor de marketing
La ‘marca’ Trump

Ilustración: La ‘marca’ Trump / .
En marketing político, muy pocas figuras contemporáneas ofrecen un caso de estudio tan provocador como el de Donald Trump. Su trayectoria política no debe entenderse únicamente desde la ideología o la gestión institucional; exige ser analizada como un fenómeno de construcción de marca personal llevado al extremo. Una marca que no busca el consenso, sino el confrontamiento y la tensión. Que no evita el conflicto, sino que lo instrumentaliza.
Desde una perspectiva académica, la «marca Trump» podríamos decir que se sostiene sobre tres pilares estratégicos: la disrupción constante, la imprevisibilidad calculada y la saturación del espacio mediático.
El primero de estos elementos se materializa en el uso sistemático de los llamados «globos sonda». En comunicación política, lanzar un globo sonda implica introducir una idea polémica o radical en la conversación pública sin comprometerse plenamente con ella. Es una técnica clásica, pero Trump la eleva a una escala industrial. Propone, provoca reacción, mide la temperatura social y, en función de ello, rectifica, matiza o redobla la apuesta. Este proceso no solo le permite testar límites, sino que convierte a los medios y a sus adversarios en amplificadores involuntarios de su narrativa.
El segundo pilar conecta con una metáfora cinematográfica especialmente ilustrativa: la maniobra del «Loco Iván» en La Caza del Octubre Rojo. En la película, el capitán ruso ejecuta giros bruscos e inesperados con su submarino para detectar amenazas ocultas. Trump traslada este principio al terreno político-comunicativo. Cambios de posición abruptos, declaraciones contradictorias o decisiones aparentemente erráticas generan un entorno de incertidumbre que descoloca a sus oponentes. Cuando el adversario intenta fijar una estrategia, el marco ya ha cambiado.
Esta lógica tiene una consecuencia directa: la imposibilidad de construir una contranarrativa estable. Frente a políticos tradicionales, cuya coherencia permite ser analizada, criticada y combatida, Trump introduce un elemento de volatilidad que desarma los mecanismos clásicos de oposición. Sus contrincantes reaccionan, pero rara vez anticipan. Y en política, reaccionar siempre es llegar tarde.
El tercer pilar es la ocupación total del espacio mediático. Trump no compite por la atención: la monopoliza. En un ecosistema donde la economía de la atención es el recurso más escaso, su capacidad para generar titulares constantes —ya sea mediante declaraciones, conflictos o polémicas— le asegura una presencia dominante. Esto tiene un efecto colateral relevante: reduce la visibilidad de otros actores políticos, incluso aquellos con trayectorias más institucionales como Barack Obama, George W. Bush o Bill Clinton. De hecho con su gran actividad noche tras noche en las redes sociales, se ha convertido en el referente de las noticias, desbancado a Elon Musk como la celebridad twittera más influyente.
Desde el punto de vista del branding, Trump encarna una marca polarizante pero extraordinariamente clara. No busca gustar a todos, sino ser imposible de ignorar. Y en esa claridad reside buena parte de su eficacia: su audiencia sabe exactamente qué esperar… incluso cuando lo inesperado es la norma. A largo plazo, es razonable anticipar que tanto las facultades de Ciencias Políticas como las de Marketing incorporarán este caso en sus programas de estudio. No tanto por su contenido ideológico, sino por la sofisticación y radicalidad de sus tácticas comunicativas. Trump no solo ha competido en el terreno político; ha redefinido, en muchos aspectos, las reglas del juego.
La gran pregunta que queda abierta es si este modelo es replicable o si, por el contrario, depende de una combinación irrepetible de contexto histórico, ecosistema mediático y personalidad. Lo que parece indiscutible es que la «marca Trump» ha demostrado que, en la era de la atención fragmentada, el control del relato no siempre pasa por la coherencia… sino por la capacidad de dominar el caos.
Si Trump se pusiese a comercializar refrescos de cola… ¿cómo lo haría?
Sea como fuere, seguro que no dejaría a nadie indiferente.
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