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Opinión

Me caes bien o me caes mal

Un cliente sostiene un teléfono móvil en una tienda.

Un cliente sostiene un teléfono móvil en una tienda. / EFE

Hace unos días, en una tienda de telefonía, una vendedora trató con desdén al cliente que me precedía y a mí. Puso muecas a mi petición, el tono con el que me atendió fue seco, la mirada esquiva y mantuvo una postura despectiva que me generaron incomodidad. Sin embargo, resolvió mi asunto con eficacia y al salir de la tienda me quedé pensando en lo rápido que decidimos si alguien nos cae bien o mal, simplemente por un gesto, una mirada o una actitud. Y es que la primera impresión funciona como un mecanismo de alerta exprés: necesitamos interpretar al otro con rapidez para situarnos con respecto a él. Aunque solemos creer que juzgamos a partir de las palabras, diversos estudios apuntan a que entre un 60% y un 70% de la comunicación es no verbal. Gestos, expresión facial, contacto visual o incluso la apariencia construyen un mensaje que condiciona nuestra percepción. Creo poder clasificar a la persona casi de inmediato apenas la conozco. Si alguien me resulta gestualmente agradable, abierto y coherente en lo que expresa, tiendo a sentir inmediata afinidad. En cambio, señales como frialdad, arrogancia o presunción me generan rechazo instantáneo.

Leo en un artículo que un estudio británico descubrió algo revelador: las zonas cerebrales que se activan ante estímulos que provocan asco o miedo son las mismas que se activan cuando alguien nos cae mal. Es decir, el cerebro detecta de manera casi instintiva si una persona nos transmite buenas o malas sensaciones. Este mecanismo tiene una raíz evolutiva: del mismo modo que evitamos alimentos en mal estado o situaciones potencialmente peligrosas, también reaccionamos ante ciertas señales sociales como una forma de protección.

No se trata necesariamente de juicios justos u objetivos, sino de respuestas rápidas influenciadas de forma prejuiciosa. Aun así, en mi vida cotidiana, ese primer instante sigue teniendo un peso decisivo: me basta un gesto para acercarme a alguien… o para mantenerme a distancia.

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