Opinión | Tribuna
Crisis de la crisis

Sòcrates. / .
El estudio del sentido etimológico de las palabras requiere escudriñar la historia de la evolución y transformación de sus significados. Debido a ello, la indagación de cualquier vocablo conduce de manera inevitable a sus orígenes, al mismo tiempo que obliga a reflexionar sobre la época actual en que, como si fueran monedas desgastadas, pero plenas de valor, estas palabras continúan vigentes. Sucede así con la tan repetida palabra «crisis», formada a partir del sufijo -sis, muy común en lengua griega para expresar el estado, la condición o la acción de la raíz a la que se añade, en este caso el lexema krin-, que en griego clásico tiene el significado de «cribar», «separar» y de ahí «distinguir». «Crisis» significa por tanto la acción de discernir como paso previo a la acción de juzgar. Por este motivo, la filosofía adoptó la palabra «crisis» con el significado con el que la define la RAE en una de sus acepciones: «examen y juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente». A partir de esta significación, Hipócrates, el gran maestro de la medicina, utilizó el término «crisis» para aplicarlo en el pronóstico del desarrollo de una enfermedad. De este antiguo uso médico se ha generado la expresión «estado crítico», para dilucidar si, en el caso de una grave dolencia, su evolución será finalmente positiva o negativa.
Si se trasladan estos atávicos criterios a la interminable crisis que nos atenaza, resulta evidente que tanto la medicina como la filosofía coincidirían en el mismo diagnóstico: que la principal causa del estado crítico en que se encuentra la humanidad es consecuencia de la hybris, de la soberbia de haber transgredido el principio de que la mesura es lo mejor y de haber ignorado que el exceso siempre se acaba pagando. En efecto, la escuela hipocrática aconsejaba, para conservar la salud, llevar una dieta moderada y equilibrada en los hábitos alimenticios y en las costumbres diarias; asimismo, desde los siete sabios, todas las antiguas escuelas filosóficas coincidieron en que la moderación es el fundamento para alcanzar el bienestar anímico.
Así las cosas, la fórmula más eficaz para superar la actual crisis consiste en evitar contagiarse de la artificiosa y ostentosa sofisticación que nos rodea. En el quehacer diario esto significa que se debe aprovechar este momento crítico para recuperar el sosiego recordando que se puede vivir, y muy bien, con mucho menos. Para conseguirlo, baste mencionar el ejemplo de Sócrates, el cual, tras examinar todos los productos que se vendían en el mercado, salía de él sin comprar nada exclamando: «¡Cuántas cosas no necesito!». Conclusión a la que todos podríamos llegar en muchas facetas de nuestras vidas si, antes de tomar irreflexivas decisiones, las sopesáramos críticamente. Y es que, desde la perspectiva hipocrático-socrática, la terapia más idónea para abordar el estado crítico en el que estamos sumidos es comenzar a analizarlo mediante una discernidora y profiláctica crisis de la crisis.
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