Opinión | Al azar
Jordi Pujol, condenado y sin defensa

El president Jordi Pujol y Juan Carlos I en una imagen de 2003. / TONI ALBIR / EFE
Una hora a solas con Jordi Pujol en el Palau de la Generalitat es tiempo suficiente para apreciar la importancia que concedía a su legado, a perdurar. Aunque la historia recompone la actualidad siempre a pedazos, el eterno president quedó condenado sin remisión hace más de una década, al confesar la decisión nada patriótica de ocultar una fortuna fuera de Cataluña. Aunque definimos a los personajes como las personas que merecen un crédito adicional y una pena suavizada, el president había despreciado a quienes adoraron su figura hasta el punto de votarla con reiteración. Y desde esta semana, el nonagenario avanzado con una acusación penal se queda también sin defensa. Sufre la peor derrota de un político, la declaración de inutilidad.
Salvo que odies a Cataluña, uno de los sentimientos más extendidos en este país, cuesta perderle el respeto a Pujol. Y salvo que odies a España, cuesta denunciar a Juan Carlos I sin algún remordimiento. La peripecia de ambos líderes vuelve a hermanarlos en el ocaso. Ambos ocultaron millones, pero uno es incapaz de defenderse y el otro no puede ser atacado, con la notoria diferencia de que el monarca no ha tenido que personarse ante autoridad alguna para explicar sus fechorías. Todo superpoder conlleva una superresponsabilidad, nos recuerda Batman, pero el rasgo más indefendible de los protagonistas de este párrafo es la presuntuosa presunción de que nadie se atrevería a exigirles cuentas. Como así ha sido finalmente.
No hay profesión más relajada, propicia y enriquecedora en todos los sentidos que exjefe de Estado o de Gobierno. Se ganan fortunas explotando y exagerando relajadamente la memoria del poder, sin ningún riesgo de adentrarse en el Derecho Criminal. Sin embargo, ejemplos tan dispares como Obama, Clinton, Aznar, Schröder, Blair o Zapatero desnudan la frustración que sienten los gobernantes jubilados, respecto a los magnates ante quienes han inclinado la cabeza. Pujol y Juan Carlos I han sufrido la resaca de esa borrachera.
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