Opinión | Escrito sin red
Un chute de realidad

El exministro José Luis Ábalos (i) y su exasesor Koldo García (d) en el banquillo de los acusados durante el juicio por el 'caso mascarillas' en el Tribunal Supremo, a 7 de abril de 2026, en Madrid (España). / Pool
Estaba contemplando una sesión del juicio de la trama de las mascarillas y no pude dejar de fascinarme por la imagen que ofrecían dos de los acusados. Ábalos, al que se piden más de veinte años de condena y Koldo García, su hombre para todo: chistorras, putas, Delcy Rodríguez, el aizcolari gigante de la militancia socialista, el guardián de los avales de Sánchez. Ábalos, llamado también comandante Ábalos por su relación con las guerrillas sudamericanas, ofrece dos versiones de sí mismo: la de un truhan simpático, feliz por vivir embalsamado por el aroma del almizcle y la de un implacable tribuno de la plebe corrupto hasta las trancas, un carpanta ideologizado con infinita voracidad por el poder; podría parecer francés o italiano, o búlgaro, pero es, inequívocamente, un ejemplar paradigmático de la picaresca española, la del hambriento que sale del agujero espoleado por las ganas de medrar y de acostarse con la duquesa de Alba. Ha cantado La Traviata con la odontóloga Jéssica, que nunca fue de mucho trabajar, y la miss Asturias, que se entretenía con libros rigurosamente leídos en sótanos públicos. Koldo es otra cosa. Ya dije hace tiempo que se trata de todo un personaje, una especie de Falstaff del extrarradio, un hombre hecho a sí mismo que incorpora cualquier experiencia, por mínima que sea, a su afán por convertirse en una herramienta imprescindible para el poder; lo ha demostrado llegando a cotas fuera del alcance de sesudos y fatuos diplomáticos expertos en que nada cambie, o que cambie para mal cuando ocupan el poder, como el eximio Albares, tratando de tú a tú a la ahora mismísima presidenta de Venezuela. Tras la tragicómica aventura de implante de pelo al unísono con el señorito Ábalos, nos ha obsequiado con una imagen extraordinaria: pelamen ralo que se derrama sobre la frente y luengas barbas bíblicas, que no sé si identificar con la de un Rasputín cercano al zarevich Sánchez, o con uno de los stárets pobres y locos que aparecen en las novelas de Fiodor Dostoievski, predicando sus grandes desvaríos.
Los acusados en el otro juicio, el de la Kitchen, no ofrecen la riqueza de interpretaciones de los anteriores. Son personajes más ordinarios. Rajoy, el del «Luis sé fuerte, hacemos lo que podemos», cultiva su imagen humorística, a la que ha dedicado ímprobos esfuerzos, para ocultar la verdadera, la que dibujaba un compañero de partido, creo que era Cisneros: por donde va, no ensucia; por donde va, no limpia. O sea, una nulidad, el jefe de un gobierno implicado en delitos para ocultar sus delitos, cínico, mala gente, como cuando de forma miserable atacaba a Rosa Díez en el Congreso y se deleitaba coqueteando con Pablo Iglesias, un frívolo de cuya frivolidad abandonando el escaño el día de la moción de censura aún pagamos las consecuencias. Se llama Rajoy, sí, pero no sabe nada de las cloacas policiales que perseguían hacerse con las pruebas en poder de Bárcenas a punta de pistola de un delincuente travestido de cura. Todo falso. Era una operación para dar con los 40 millones de Bárcenas ocultos en Suiza. Lo mismo que otra testigo obligada a decir la verdad, la que fuera tras el artículo 155 presidenta de la Generalitat, Soraya Sáenz de Santamaría. No le consta, no recuerda. Del responsable que posiblemente sufra todo el peso de la ley, el devoto de la virgen María, seguidor del culto de hiperdulía, Fernández Díaz, todavía no hemos oído sus oraciones; posiblemente podremos constatar la infinita distancia entre ser mariano y ser verdadero.
Desde hace muchos años, he pensado que, si el común de los ciudadanos accediera a ver con sus propios ojos lo que ocurre en el seno de los partidos políticos, el sistema implosionaría al instante. Por eso, se cuidan mucho de mantener ocultas todas sus deliberaciones y la realidad de unas castas parasitarias de los presupuestos públicos. Porque es tanta la mentira, la mezquindad, la hipocresía y la corrupción que en ellos se aloja, que nadie podría soportarlo. La ideología es el cobertor de toda la inmundicia. Bajo su capa se oculta la realidad de los intereses personales y donde los votos necesarios para acumular poder y cargos públicos con sueldos, desde los más moderados a los estratosféricos, se compran con cargos públicos en todas las administraciones, desde los ayuntamientos hasta el Gobierno de la nación. Bajo la retórica del liberalismo, de la socialdemocracia, el progresismo, el nacionalismo, catalán, vasco, o español, no existe otra cosa que la compulsión por hacerse con el dinero de los contribuyentes. Un ejemplo reciente es la fortuna de la familia Pujol, a quien se ha exonerado después de la ineficacia de una justicia que no es justicia. Podrá argumentarse que en toda democracia hay corrupción. Y es verdad. Pero, en una democracia que no es tal, sino partitocracia, la corrupción es en ella una hipóstasis; el político se debe, no al elector sino al que le ha puesto en la lista bloqueada y cerrada; y el que pone en las listas a los demás ha conseguido estar en tal posición comprando votos con promesas de cargos. Es decir, blanquéese como se quiera, pero todo es un montaje corrupto. Esta pasada semana, una periodista valiente, Ketty Garat, ha publicado en The Objective el vídeo del Comité Federal del PSOE del uno de octubre de 2016. Ya había publicado en 2021 las hazañas de Ábalos con prostitutas, alcohol y cocaína en una fiesta en el parador de Teruel, con rotura de mobiliario, y la explicación del cese del secretario de organización y ministro de Transportes, tanto por su vida disipada y sicalíptica como por sus ingresos dinerarios turbios; filtrada desde el propio Santos Cerdán, en una estrategia de control de daños, mucho mayores. Las imágenes del intento de pucherazo de Sánchez para mantenerse en un poder que había perdido por la dimisión de la mitad más uno de los miembros de la comisión ejecutiva son un chute de realidad para los ciudadanos de lo que ocurre en el seno de los partidos: lloros, traiciones, y vergüenza de una casta enfrentada por salvaguardar la socialdemocracia institucional y por una alianza con el nacionalismo separatista y la extrema izquierda. Donde Antonio Hernando y Óscar López, ministro y secretario de Estado de Sánchez ahora, intentaban congraciarse con el presidente de la gestora traicionando a Sánchez para mantener sus sueldos. Un chute pequeño, pero que da subidón; un pálido fuego del crepitar del incendio partidario en el que se inflaman las ambiciones de poder y dinero de las élites corruptas; hasta que estallan en la cárcel o se disipan en mansiones de Marruecos.
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