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Opinión | Pensamientos

Esta noticia me pone enfermo

Se ha deteriorado la elaboración de los contenidos, entre otras razones, por la precariedad laboral y retributiva en la que malviven algunos redactores

Ilustración: Esta noticia me pone enfermo

Ilustración: Esta noticia me pone enfermo / Freepik

El Periodismo está en crisis desde hace años: cada vez hay menos lectores, oyentes y telespectadores de los medios de comunicación y cada vez más las mentiras y los bulos campan por sus fueros.

Los periodistas llevamos tiempo cavilando en qué hemos fallado para esa creciente desafección. Un reciente estudio de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra ha puesto luz en el problema: el ayuno informativo obedece a causas emocionales.

Que levante la mano quien no haya cambiado de canal televisivo para no ver las masacres de niños asesinados en Gaza, Irán, Líbano y Ucrania. Preguntemos a muchos de nuestros amigos, vecinos o familiares por qué no quieren saber nada de las desvergüenzas de Koldo, Ábalos o Aldama.

Los profesores Javier Serrano y María Fernanda Novoa tienen la respuesta: «estoy agotado por la cantidad de noticias que hay» y «no siento que pueda hacer nada con la información».

El estudio científico ha analizado las posibles causas de esa apatía frente al Periodismo: el estado de ánimo; factores motivacionales; saturación informativa; y factores cognitivos.

Ganan por goleada las emociones, los sentimientos negativos y desagradables que nos generan las noticias. Las causas motivacionales son la carencia de tiempo, la desconfianza en los medios y yo añadiría el coste económico para acceder a periódicos, plataformas, emisoras y canales diversos.

Los profesionales y las empresas de comunicación tienen también culpa en esa falta de credibilidad del producto. Se prima, frecuentemente, la oferta maniquea y partidista, frente a la imparcialidad y equidistancia. Cada medio es de un bando; no lo oculta y se rige por el lema «al enemigo ni agua».

También se ha producido un deterioro en la elaboración de los contenidos, fruto de las prisas por posicionarse en los buscadores y de la precariedad laboral y retributiva en la que malviven algunos redactores.

El hartazgo nace así mismo de la fórmula 24/365. En cualquier momento, a cualquier hora y todos los días tenemos acceso a una catarata de datos, imágenes y sonidos.

Hay personas que, conscientemente, han dicho basta: «no puedo asumir esa riada y tampoco puedo hacer nada para paliar esa cascada de desgracias».

«Me deprime, me fatiga, me embaza la realidad, luego prefiero vivir al margen», concluyen esos ciudadanos. También existen antiguos lectores, oyentes o telespectadores que se automarginan por dificultades para comprender los mensajes. Aquí coexisten dos realidades: el exceso de simplificación para afrontar asuntos complejos y la impericia de los comunicadores para afrontar esos mismos temas.

Los medios a menudo usan el recurso de los expertos, pero el ego (y la ignorancia) de algunos presentadores impide sacar todo el jugo a los que sí saben. No vean lo que sufro cuando se impide hablar, o se corta, en directo a alguien, como el antiguo almirante Juan Rodríguez Garat que está poniendo algo de luz en la guerra de Irán.

Los profesores alertan de que ese apagón informativo voluntario socava los fundamentos de la Democracia. Una población bien informada participa de una manera más eficaz y positiva en el funcionamiento de las instituciones.

Por el contrario, el pasotismo y el consumo de pseudoinformaciones minan el sistema y propician ofertas políticas autoritarias, populistas y tóxicas, apostillo yo.

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