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Opinión | Tribuna

Europa no frena la inmigración porque no quiere

Colas regularización de inmigrantes en son Gotleu

Colas regularización de inmigrantes en son Gotleu / Bernardo Arzayus Pereanez / DMA

El debate sobre inmigración en Europa hace tiempo que suena raro. Se endurece el discurso, se repiten advertencias y parece que todo está fuera de control. Pero luego miras la realidad y no encaja del todo con ese relato.

Porque entrar en Europa, a día de hoy, no siempre implica saltar una valla o jugarse la vida en el mar. Muchas veces basta con algo bastante más simple: un paquete vacacional. Billete de ida y vuelta, reserva de hotel, seguro de viaje y algo de dinero para aparentar solvencia. Y con eso, entras.

Detrás de ese «turismo» hay historias que no salen en los discursos. Gente que se ha endeudado hasta arriba para poder venir. Gente que, en realidad, no tiene previsto volver. Y eso, siendo honestos, lo sabe todo el mundo.

Después pasa lo que pasa. Muchos se quedan. Y acaban formando parte de una economía que funciona, en gran medida, gracias a ellos. Trabajos que nadie quiere hacer, condiciones que pocos aceptarían y una precariedad que, aunque nos incomode, también nos beneficia como sociedad.

Ese es el punto incómodo del que casi no se habla.

Luego entra la política en escena. Se habla de control, de firmeza, de frenar la inmigración. Pero si de verdad se quisiera cortar esta vía, no parece tan complicado: bastaría con endurecer de forma real los visados turísticos o los requisitos de entrada.

Y, sin embargo, no se hace.

Se apunta muchas veces a España como país «laxo», sobre todo por figuras como el arraigo de la Ley de Extranjería. Pero eso, en mi opinión, es mirar solo una parte del problema. El arraigo no atrae a nadie: regulariza a los que ya están. Convierte economía sumergida en gente que cotiza.

Pero convendría abrir un poco el foco. Hay ejemplos en Europa que invitan, como mínimo, a la reflexión. Recuerdo el caso de Suecia, donde su propia administración llegó a utilizar formatos casi pedagógicos —incluso tipo cómic— para explicar cómo regularizar la situación en el país.

No hablamos de rumores, sino de materiales pensados para orientar desde el primer momento. Se puede entender como una herramienta informativa, sí. Pero también como una forma bastante clara de transmitir que hay un camino posible una vez dentro.

A esto se suman situaciones que quienes estamos cerca de esta realidad hemos escuchado más de una vez. Peticiones concretas: «Si puedes, que el vuelo haga escala en Francia, que allí miran menos».

Por eso sorprende cierta facilidad para poner el foco siempre en España, como si fuera una excepción. Cuando, en realidad, hay países que aplican sus propias reglas con bastante más flexibilidad de la que se reconoce públicamente.

A nivel europeo, la cosa tampoco está muy afinada. La Unión Europea comparte fronteras y mercado, pero no termina de compartir una política migratoria clara.

Y en paralelo, se anuncian sistemas como el EES o el ETIAS, como si fueran la gran solución. Sobre el papel suenan bien. En la práctica, lo que hacen es registrar entradas y salidas.

Porque el problema de fondo sigue ahí. Quien entra como turista puede quedarse. Sin medios reales para hacer seguimiento, todo queda en un control bastante limitado.

Dicho de otra manera: parece más un sistema para contar lo que pasa que para evitar que pase.

Y esto nos lleva a una conclusión incómoda. Si esta situación continúa, probablemente no sea solo por incapacidad. Puede que, en parte, también sea porque el sistema, tal y como está, ya le funciona a mucha gente.

Claro que hay problemas. Pero reducir todo a eso es demasiado fácil. La mayoría de quienes vienen lo hacen para trabajar y salir adelante.

Por eso la pregunta no es solo cómo frenar la inmigración. Es si realmente se quiere frenar del todo.

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