Opinión | Tribuna
Con chanclas y a lo loco
Lo que toca ver ahora es la intentonta carnavalesca de burla inherente al entretiempo, la amalgama de ‘outfits’ de lo más estrafalarios e incombinables

Prendas de ropa. / Europa Press
El buen tiempo casi veraniego que, sin apenas transiciones, se ha impuesto en los últimos días, trae los temidos looks «cebolla». Una ya no sabe si guardar la ropa de invierno definitivamente o sacar la de verano dejando a la vista alguna prenda de más abrigo, por si las moscas. La técnica bulbácea no tiene ningún misterio ni complicación: una se viste con prendas ligeras sumando otras de más abrigo fáciles de quitar y poner. Todo dependerá del apretón de sol y calor que nos toque soportar sentados en una terraza de un bar o del frescor que aún pone la piel de gallina, cuando decidimos ponernos a la sombra hartos de lo primero.
Es la intentona carnavalesca de la burla inherente al entretiempo. La amalgama de outfits de lo más estrafalarios e incombinables es, a veces, lo que toca ver ahora. Por ejemplo, un paseo por s’Arenal, en vaqueros, con camiseta de algodón y manga corta blanca, combinados con un jersey grueso y granate, atado a la cintura, tan oscuro e intenso como un vino Borgoña. Calzada con unos zapatos claros de piel que emulan deportivas, pero que tienen la elasticidad de un pergamino de torreznos, y minimedias negras para los pies. Mimetizados con otros residentes ataviados con chalecos de anorak noruego acolchado y debajo con camisetas veraniegas, con sus hijos descalzos y en bermudas arremangadas, allí deambulábamos otros dos ejemplares nacionales. Y, como es natural, aprovechaban el sol todos esos turistas tan pijos que todos conocemos de s’Arenal en esta época del año, personas mayores de clase trabajadora o jubilados venidos de algún lugar centroeuropeo que, afortunadamente para ellos, sí tienen la capacidad económica de sostener unos días de sol por el Mediterráneo. Igual que nuestros mayores pensionistas cuando quieren ver los encantos del Rin, sí.
Mirando nuestros disfraces nos detuvimos a mirar los del resto, y empezábamos a ver semidesnudos los primeros pies valientes: la vanguardia del entretiempo. Deditos blancos con alguna uña de una tonalidad sospechosamente amarillenta se dejaban ver en las fabulosas chanclas. De tanto en tanto oíamos el característico chasquido cuando estas golpean en el talón al caminar. Un sonido cautivador, solo amortiguado por el shhhh de la arena suelta que aún deambula por el paseo de s’Arenal y hace decrepitar las pisadas preestivales. De fondo, el ruido incesante de las cadenas de las bicicletas que allí se expresaba en gruesos pelotones por el paseo a toda velocidad, quizás como entrenamiento para la marcha cicloturista celebrada el pasado sábado. Una sinfonía barroca. Por supuesto, no faltó ver al visitante con sus chanclas de piscina, las de la banda ancha en el empeine, y calcetines. Todo un clásico que resiste.
Con todo eso, esta época del año se convierte en una delicia para el alma y el cuerpo. La luz es inmensa y la temperatura abraza cálida. Todos convivimos en el paraíso — mundano—, los de aquí y los de allá. Aún queda sitio en las terrazas y en la arena. Se pasea absorbiendo los rayos de luz, consciente de que esos momentos van tejiendo la propia felicidad como una colcha de patchwork elástica que te sostendrá en días nublados. La vida sigue, a pie o en bicicleta, y se la puede paladear o pedalear con solo salir a verla, aunque las primeras chanclas nos sirvan de aviso de las otras que están por venir y que todo es tan fugaz que siempre acaba regresando.
Por cierto, mi acompañante mallorquín iba muy bien camuflado: calzaba sandalias con calcetines. Eso sí, del mismo color ambos. Vaya, con sandalias y a lo loco.
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