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Opinión

‘Esquena paret’

Taller solar eclipse Mallorca

Taller solar eclipse Mallorca / GUILLEM BOSCH / DMA

Hay un punto en el que las protestas más o menos civilizadas pueden desbordarse y acabar mal. Ocurre que cuando esto sucede todos miran hacia otra parte. El crimen de Teotihuacán, fruto de la locura de un sujeto y salpicado de amenazas, tiroteos y lenguaje soez, tiene su origen en algo que el mismo criminal gritó y puso manos a la obra: «esto es un lugar de sacrificio, volveos a Europa». La primera parte de la frase encierra una pulsión sangrienta –si les da pereza leer las maravillosas Crónicas Americanas, vean Apocalypto como un videoclip de sus horrores– que debería ser ajena a nuestro tiempo, pero como demostró el loco de la pirámide, los hay que no quieren que lo sea.

La segunda es la continuación de la política actual: acusar al otro de todos los males, exime a quien acusa de cualquier maldad. Así actúan los radicalismos. Resultado: lo que vimos en los noticiarios hace unos días y lo que ocurrió hace años en los templos de Abu Simbel, las playas de Túnez y otros lugares donde se impuso el kalashnikov fundamentalista, sustituto de la cimitarra de toda la vida.

No estamos solos. Las críticas vecinales ante el uso de las nuevas bases de las farolas junto a la catedral por parte de los turistas –se sientan en sus muretes–, me hicieron recordar los dos bancos de piedra que había adosados al muro catedralicio de la Puerta del Mar. Los eliminaron hace décadas y bien eliminados están porque ahora no habría posibilidad de sentarse ni que fuéramos víctimas de un síncope calorífero. Pero en aquellos bancos donde, a primera hora de la tarde y apoyados en sagrado, hablábamos en los 70 sobre contracultura y hipismo, fumábamos productos vegetales del Magreb, leíamos poesía norteamericana y contemplábamos el mar, fuimos felices. Teníamos diecisiete o dieciocho años y entre nosotros y la muralla no había un alma. Tampoco estaban los que protestan por el uso de esos elevados alcorques faroleros.

Después del 11-S de 2001 –el día que empezó el siglo XXI, la tarde en que mi padre me dijo ‘ahora no os dais cuenta, pero hoy ha empezado la Tercera Guerra Mundial’–, a la periodista Oriana Fallacci le dio el hartazgo y escribió un panfleto desbordado de ira, aunque bien modulado en la forma, que tituló El orgullo y la rabia. Recuerdo, no sé por qué, una frase de ese libro: ‘mean en los muros del Duomo de Milán’. Y no se refería a los turistas.

El orgullo y la rabia tuvo un éxito tan súbito como fulgurante y, poco después, desapareció de las librerías: el poso que dejaba, al margen de la razón que pudieran o no tener sus argumentos, estaba teñido por la insania. Y aunque sean hechos muy diferentes, las escenas del criminal de Teotihuacán, la rabia de Fallacci y los brotes agresivos de turismofobia –esta misma semana, insultos en un Tib a un grupo de alemanes– tienen un denominador común que nace del instinto animal y la pulsión de territorialidad. Algunos lo llaman choque de culturas; otros, mala educación; no hay que descartar la enfermedad psicológica. Pero siempre está el hartazgo como elemento previo e indispensable.

Lo cierto es que hay pasajes y horas en Palma –y no solo en la ciudad, también en varios pueblos y no sólo en centros urbanos sino en muchas carreteras de la isla– en que la cosa resulta una olla a presión. No hemos inventado nada: no es un fenómeno exclusivamente nuestro y los ejemplos son muchos: Venecia, Florencia, Barcelona, Roma y tantas otras ciudades europeas en su centro. Jean Baudrillard fue el primero, allá por los Ochenta, en advertir que las ciudades se convertirían en museos habitados por sus visitantes y no por sus nativos. Pero no percibió que las tiendas de souvenirs de esos mismos museos serían más importantes que sus obras de arte: la reproducción, o sea la copia, como signo posmoderno. Y el deambular sonámbulo detrás de una cámara de móvil, antes de vídeo. También podemos pensar que el núcleo de la Tierra se ha recalentado en exceso y los humanos hemos salido a movernos por la corteza terrestre con una ansiedad viajera incontrolable: como hormigas mutantes, que es lo que parecemos, antes de que la especie perezca.

Sobre Mallorca se cierne ahora otra novedad amenazante: el eclipse. Como el mundo es espectáculo y el espectáculo negocio, habrá de todo. Pero dicen que lo peor –ojalá nos equivoquemos– será la avalancha humana que nos ha de visitar para vivir ‘la experiencia’ del eclipse. Ahora todo es una ‘experiencia’: más cursis que nos hemos vuelto aún. Jugamos con ventaja: el entrenamiento de la superpoblación flotante lo tenemos hecho y quizá desaparecer del mapa en esos días sea lo más sensato: las casas convertidas en conventos de clausura y los cantos gregorianos como escudo ante el ruido exterior. Al eclipse que le den. Y como el arte va siempre por delante, entre La estrella misteriosa, de Tintín, y Melancholia, de Lars Von Trier están las opciones posibles del futuro inmediato. Usted mismo.

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