Opinión | Tribuna

Carlos Martorell Campins, enfermero de la UCI Quiron Palmaplanas y profesor asociado de la facultad de enfermería en la UIB
Cuando las pistas conducen a la puerta equivocada

Imagen de archivo de una ambulancia en las urgencias de Son Espases. | MARÍA PEDRAZ
El acceso al sistema sanitario suele iniciarse a partir de síntomas percibidos como urgentes, aunque no siempre lo sean en términos clínicos. La incertidumbre y una limitada alfabetización sanitaria condicionan itinerarios asistenciales que no siempre se corresponden con la gravedad real del cuadro. Este desajuste genera utilización inadecuada de recursos y distorsiona la organización funcional del sistema.
Tras la llegada a un dispositivo sanitario se activa un circuito protocolizado: admisión, triaje, valoración clínica y, si procede, pruebas complementarias o interconsultas. La búsqueda de certeza diagnóstica exige tiempos de observación y análisis que pueden interpretarse erróneamente como demora, cuando constituyen un componente esencial del método clínico. Sin embargo, el problema estructural emerge antes: en la elección del nivel asistencial.
El Centro de Salud (CS) representa la puerta ordinaria de entrada y el eje de la atención primaria, resolviendo la mayoría de los procesos prevalentes, garantizando seguimiento de crónicos y desarrollando prevención y educación sanitaria. El Punto de Atención Continuada (PAC) atiende urgencias extrahospitalarias fuera del horario habitual para procesos no demorables que no requieren tecnología hospitalaria compleja. Las Urgencias hospitalarias están diseñadas para situaciones potencialmente graves, tiempo-dependientes o subsidiarias de medios diagnósticos y terapéuticos avanzados.
La confusión entre estos dispositivos no es un error menor, sino un factor de ineficiencia sistémica. La utilización de recursos hospitalarios para procesos banales incrementa la saturación, prolonga tiempos de espera y tensiona áreas de alta complejidad, incluidas las Unidades de Cuidados Intensivos, cuya indicación debe sustentarse en criterios estrictos de soporte vital avanzado. Las consecuencias incluyen estancias innecesarias, mayor riesgo de eventos adversos y desgaste profesional.
Aunque la enfermedad no entiende de horarios, el sistema sanitario se organiza en niveles asistenciales con competencias definidas. El uso inapropiado, motivado por desconocimiento o expectativas desalineadas, compromete la capacidad de respuesta donde realmente es crítica. La corresponsabilidad ciudadana, sustentada en información clara y accesible, se convierte así en un determinante estratégico de sostenibilidad.
A este escenario se suma el papel de la familia y, en particular, del cuidador principal. Durante la hospitalización, el equipo sanitario cubre necesidades básicas alteradas por dolor o dependencia funcional. No obstante, persisten culturas organizativas restrictivas que limitan la participación activa del familiar. La apertura de las unidades de hospitalización, e incluso de determinadas áreas críticas, debe concebirse como una intervención con impacto clínico, no como una concesión emocional.
El cuidador que observa y aprende técnicas de movilización segura, administración de tratamientos e identificación precoz de signos de alarma adquiere competencias que favorecen la continuidad asistencial tras el alta. La transición hospital-domicilio constituye un periodo de elevada vulnerabilidad: la exclusión del cuidador se asocia con reconsultas evitables, reingresos y complicaciones prevenibles. Por el contrario, su capacitación mejora la adherencia terapéutica, optimiza el autocuidado y fortalece la red informal de apoyo.
En contextos con recursos limitados y presión asistencial estacional, estas dinámicas adquieren especial relevancia. Cada decisión individual —elección inadecuada del dispositivo, demanda de tecnología innecesaria o exclusión del cuidador— genera un impacto acumulativo sobre el conjunto del sistema.
En síntesis, el sistema sanitario funciona como un ecosistema complejo que requiere alfabetización sanitaria, uso racional de recursos e integración efectiva del cuidador como parte del equipo ampliado de cuidados. Comprender su organización, diferenciar adecuadamente los niveles asistenciales y asumir una corresponsabilidad activa no solo mejora la eficiencia, sino que refuerza la calidad y seguridad de la atención.
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