Opinión | En aquel tiempo
El placer de la escritura

El escritor John Banville. / EP
Leía hace días, la entrevista de Andrés Seoane a John Banville. Y el mismo texto decidía destacar de todas sus respuestas estas líneas: «La Literatura no sirve para nada, no nos hace más amables, guapos o inteligentes, solo nos produce placer, pero, ¿qué más nos hace falta?» Me distancio del conjunto de tales palabras, pero recojo con entusiasmo el hecho de que «el placer de la literatura» es uno de los placeres más «totales» con que podamos encontrarnos. Claro está que para experimentar tal placer es absolutamente necesario «leer», lo que ya es más difícil en esta sociedad de lo instantáneo y eventual. Deseo en estas líneas, dialogar con los lectores/as sobre cómo han redundado estas palabras en mi conciencia lectora, pero también en esa otra conciencia de la escritura.
Parto de una convicción antigua en mi caso: el arte, en general, o produce placer o sirve para nada, y escribir es un arte mayúsculo en quien escribe… y posteriormente en quien lee lo previamente escrito. Hablo, está claro, del hecho mismo de escribir y del hecho mismo de leer, porque todo forma parte sustancial del arte de eso que llamamos «escritura». De tal manera que, cuando se aproxima, por ejemplo, a los volúmenes de José Carlos Llop, y muy especialmente a su última obra, titulada Si una mañana de verano, un viajero, lo más importante no es el contenido, siempre brillante, sino la expresión literaria, su excelente escritura. He leído todos sus libros, siempre tan nostálgicos y precisos, pero lo que realmente me apasiona es el estilo literario de esos textos. De otra manera, el placer literario consiste en una profunda conexión lectora entre lo escrito y el hecho mismo de leerlo. Y si un texto no produce ese placer, siempre inexplicable, es que falla en una cuestión absolutamente esencial. Insistamos en esta convicción.
Es evidente que afirmar que la literatura no sirve para nada es una exageración absoluta, pero también es evidente que la finalidad prioritaria de lo escrito es, siempre, el placer causado en el lector. Esa sensación, casi dionisíaca, de sentirse atrapado por una serie de palabras encadenadas por alguien que deseaba manifestarnos sus experiencias existenciales en relación con su propio universo, su percepción de la vida en estas palabras concretas y por lo tanto siempre misteriosas. El lector, más tarde, se deja vencer por ese misterio estrictamente literario, más allá del impacto moral o narrativo de la escritura. Si Uds. reflexionan unos momentos, por favor, seguro que recuerdan unos textos por el hecho mismo de sus valores estrictamente literarios, por el placer que sintieron al leerlos. Es cierto que, en muchos casos, nos dejamos vencer por la intensidad narrativa, pero si la narración no se transmite placenteramente… es olvidada con facilidad y seguramente no volvemos a releer ese texto. Toda «historia», en definitiva, es vulgar, puede repetirse, aunque sea inventada por el escritor, pero la organización de sus palabras tiene que producirnos ese escalofrío de lo «bien escrito», es decir, tiene que llevarnos al «placer de leer».
El periodismo es otra forma de aproximarnos a la realidad propia y ajena, pero la literatura en cuanto tal siempre acaba siendo «escritura» en toda su extensión. Es cierto que los productos literarios actuales están poderosamente infiltrados del estilo periodístico, y por eso mismo, cuando aparece una obra estrictamente placentera, entonces se produce la conexión verdadera entre escritor y lector. Tal vez, vaya usted a saber, y previamente, el escritor tiene que haber experimentado placer al escribirla, pero siempre es cierto que donde no hay algún tipo de placer, es muy difícil conectar con el escrito. Llevo unas semanas releyendo a Delibes, y lo más llamativo es ese placer que me produce su lectura misma, su perfecto castellano, en fin, esa escritura tersa, sin falsas adicciones, en la que soy capaz de «descansar». Como quien se deja caer en un sillón al mediodía.
Acabo con una constatación: las grandes obras literarias permanecen por como están escritas, porque son las palabras las que nos acaban por hacerse camino en nosotros. Al menos yo, lo vivo así. Y así se lo he querido transmitir. Sientan placer en la lectura. No se dejen engañar por las meras historias. En fin.
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