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Opinión | Tribuna

Y el Verbo se hizo selfie

Lo importante no es el exceso estético, sino el tipo de poder que esas imágenes vuelven imaginable, aceptable y, poco a poco, normal

Trump aparece como salvador.

Trump aparece como salvador.

Primero fue la imagen de Donald Trump vestido de papa. Después la de Trump representado como un Cristo de bazar, a medio camino entre la estampita digital, la propaganda patriótica y el narcisismo mesiánico. Lo fácil sería despachar ambas imágenes como otra excentricidad calculada para intoxicar la conversación pública. Sería un error. Lo importante no es el exceso estético, sino el tipo de poder que esas imágenes vuelven imaginable, aceptable y, poco a poco, normal.

No estamos ante un político que quiera parecer competente, ni siquiera fuerte. Estamos ante alguien que necesita aparecer como ungido. No le basta con mandar, polarizar o monopolizar la atención. Necesita encarnar algo supuestamente superior a la política ordinaria. Ya no quiere ser leído como gobernante, sino como figura providencial. Y ese desplazamiento importa, porque marca una degradación muy precisa: el paso de la representación al culto.

La política estadounidense nunca fue del todo laica. Desde su origen estuvo atravesada por una poderosa religión civil que mezcló providencia, excepcionalismo nacional y destino histórico. Dios ha formado parte de su vocabulario público desde los documentos fundacionales hasta los discursos presidenciales contemporáneos. George W. Bush hablaba de la libertad como un don divino y presentaba la misión americana en un registro abiertamente providencial. La novedad, sin embargo, no es que la religión entre en política; es que ese repertorio simbólico deje de envolver a la nación para pegarse, como una aureola, al cuerpo mismo del líder.

Ahí está el salto. No asistimos solo a la vieja alianza entre poder y trascendencia. Estamos ante un proceso de autosacralización. El papa y Cristo no aparecen aquí como referencias doctrinales en sentido fuerte. Aparecen como reservas de aura. El papa concentra autoridad sagrada; Cristo concentra sacrificio, persecución y promesa de salvación. Trump toma prestados esos códigos y los mete en la cadena de montaje de su propia imagen. No hay aquí teología alguna. Hay marca personal. Hay explotación comercial de los restos de la fe.

Eso dice bastante sobre nuestro tiempo. Incluso en sus versiones más hipócritas o imperiales, la legitimidad democrática seguía necesitando al menos simular alguna mediación: leyes, instituciones, programas, promesas de gobierno. Hoy, una parte de la extrema derecha busca legitimarse ya no solo como opción de gobierno, sino como fuerza de rescate, restauración o purificación: de una nación supuestamente humillada, de una civilización amenazada o de un orden moral en ruinas. Ya no ofrece mediaciones, sino destino. Ya no pide adhesión racional, sino devoción religiosa. No llama a deliberar: llama a creer.

Por eso estas imágenes no son una mera excentricidad kitsch. Son una pedagogía visual de una forma de mando. Enseñan a mirar al poder como salvación, a aceptar que la autoridad adopte formas cuasirreligiosas, a desear jefes ungidos en lugar de representantes falibles. Enseñan, en suma, que el líder no tiene por qué rendir cuentas si consigue irradiar misión histórica.

En esta mutación, la inteligencia artificial cumple una función decisiva. Permite fabricar en segundos una iconografía que antes requería tradiciones, instituciones y liturgias mucho más densas. Abarata lo sagrado hasta volverlo mercancía visual y produce aura low cost. Estas imágenes no necesitan verdad; necesitan impacto. No necesitan legitimidad; necesitan viralidad.

Por eso Trump no es solo un político obsceno. Es también un producto perfecto de la época. Sabe que, bajo la lógica de las redes sociales, la vieja lucha política por los símbolos y el imaginario se vuelve más inmediata, más personalista y más agresiva. Sabe que, en sociedades atravesadas por la desigualdad, la precariedad y la erosión democrática, la promesa de salvación cotiza al alza.

Pero Trump no está solo en esta operación. A su alrededor se ha ido consolidando un clima ideológico en el que la democracia aparece como un dispositivo débil, lento y prescindible frente a las grandes amenazas del presente. Figuras como Peter Thiel llevan tiempo alimentando un imaginario apocalíptico en el que la política deja de aparecer como negociación democrática entre intereses en conflicto y empieza a presentarse como combate terminal entre civilización y amenaza. Ahí el lenguaje del Anticristo, del colapso y de la salvación ya no suena extravagante. Esa convergencia importa. Por un lado, el líder que se exhibe como elegido. Por otro, la élite tecnooligárquica que presenta el mundo como una emergencia permanente y la democracia como un obstáculo demasiado lento, demasiado plebeyo, demasiado vulnerable.

No estamos simplemente ante una nueva bufonada del personaje. Lo que aparece es algo más inquietante: la confluencia entre una política vaciada de legitimidad, una tecnología capaz de fabricar aura instantánea y unas élites cada vez más dispuestas a rehabilitar fantasías de salvación allí donde la democracia exige límites, mediaciones y rendición de cuentas. Es una manera de acostumbrar la mirada a la idea de que el poder no tiene por qué justificarse, solo deslumbrar. Y cuando la democracia empieza a compartir su escenario con líderes que se presentan como elegidos, mártires o salvadores, lo que está en juego no es solo el deterioro del debate público. Es la lenta sustitución de la ciudadanía por la devoción reaccionaria.

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