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Opinión | Escrito sin red

Golfos

Santiago Segura como Torrente

Santiago Segura como Torrente / Atresmedia Cine

Cuando en los años noventa del siglo pasado contemplábamos a la Italia devastada por la corrupción de partidos políticos y sector privado, la llamada Tangentopoli, y los acontecimientos que la acompañaron: Mani pulite, el juez Di Pietro, las elecciones de 1993 donde se derrumbaron la Democracia Cristiana y el PSI de Bettino Craxi, la adopción del sistema electoral mayoritario, la irrupción de la Liga Norte, la aparición de Berlusconi, algunos conjeturamos que más pronto o más tarde el sistema político español acabaría de forma parecida. No sabíamos cuándo sucedería, pero de que lo haría no teníamos ninguna duda, era un sistema corrupto. Es cierto que Italia es un país donde la sofisticación, el refinamiento y la gracia, lo que Andreotti llamaba «la finezza» permean el lenguaje público y hasta producen excéntricos muy populares como Beppe Grillo en 2009, mientras que en España adopta, de acuerdo con la tradición tremendista española, un tono sobrio, severo y, por qué no decirlo, guerra civilista, cruel; lo que dramatiza en mucho mayor grado el enfrentamiento político. Ambos países habían sido azotados por el terrorismo: las Brigadas Rojas y ETA, aunque esta lacra persistió en España durante más tiempo y con mayores y deletéreas consecuencias en el sistema. La cuestión política diferencial entre uno y otro país es la consideración del sistema electoral como fruto de una ley en el caso de Italia y como ley preconstitucional entroncada en la Constitución en el caso de España. Se pudo cambiar en Italia y es casi imposible hacerlo en España. Por lo que se pudo renovar el sistema italiano, cambiando, con mayor o menor suerte, a la clase política, mientras que en España no podemos deshacernos de ella.

El acceso de Sánchez a la secretaría general del PSOE y su entronización como presidente del Gobierno por una moción de censura en 2018 fue precedido por dos acontecimientos dramáticos en la vida española: la crisis económica de 2007 y el golpe de Estado de los independentistas catalanes en 2017. Del primero se derivaron el gobierno de Rajoy y la eclosión de Podemos y Ciudadanos. Del segundo la aplicación del artículo 155 de la CE, el surgimiento de Vox y la moción de censura de Sánchez. La corrupción durante los gobiernos de Aznar había sido protagonizada por la llamada trama Gürtel, liderada por Francisco Correa y personajes como Álvaro Pérez, «el bigotes», y Pablo Crespo, con presencia en la boda de la hija de Aznar en El Escorial. Eran arrebatacapas con pretensiones de brillo social que actuaban en Madrid, Valencia y Galicia. Les gustaban los Porsches, los perfumes caros y la arquitectura de Santiago Calatrava (nosotros pudimos librarnos de su ópera, pero no de su escalera de amenazantes cubos negros del baluard de poniente). Fue en esa época cuando eclosionaron personajes como Marcos Benavent, el «yonqui del dinero» y otros yonquis de la nieve. La otra trama fue la Púnica, liderada por Francisco Granados, vicepresidente de Esperanza Aguirre, Ignacio González, también presidente, extendida en municipios de la Comunidad de Madrid. Aguirre, sobrina de Jaime Gil de Biedma, alta burguesía y nobleza, que los había defendido, no sobrevivió políticamente al estupor de haber prohijado a quienes le habían salido «ranas». Eran los nuevos líderes del PP de Madrid, semicultos, semiprofesionales, de clase media con aspiración de romper barreras sociales, con ganas de comerse el mundo, chulos, implacables. Acabaron muy mal.

Con Sánchez llegaron al Gobierno Ábalos, como su mano derecha al mando del PSOE y del Gobierno, y su fiel escudero, Koldo García. Cuando Ábalos fue cesado en 2021, le sucedió Santos Cerdán, el de las comisiones a través de Servinabar. Con todos ellos y con la indiscutida jefatura de Sánchez, con los que compartió la gesta del Peugeot, solo comparable con la Anábasis de Jenofonte, aupados por la corrupción del adversario de derechas, se prestaron inmediatamente a edificar el edificio de la corrupción buena, la corrupción de la izquierda. Para ello, iniciaron el camino de poner al Estado a su servicio colonizando absolutamente a toda la administración y a todas las empresas públicas, con ignaros miembros del PSOE o con codiciosos compañeros siempre en el primer tiempo del saludo a la nomenclatura máxima. Atacaron no sólo lo público, arrasaron también con lo privado con dinero público de nuestro bolsillo: Telefónica e Indra son las joyas de la corona socialista. Del éxito colonialista se han derivado catástrofes como el apagón, del que aún no se conocen de forma oficial las causas un año después; como es el caso de la catástrofe de Adamuz, en tinieblas de destrucción de pruebas que apuntan a una desesperada intención de eludir las responsabilidades penales correspondientes.

Ábalos y Koldo son la quintaesencia de la golfería. Son, ambos, la personificación del Torrente de Santiago Segura. Zafios, desvergonzados, farsantes, además de corruptos. La colocación de las prostitutas en empresas públicas, o trajinarlas de forma lujuriosa como asesoras en viajes oficiales en los que había tiempo para navegar por los canales de Venecia, aunque suponen un gran escándalo, son de hecho de menor trascendencia que la ocupación del Estado. Ver a las meretrices en el juicio sin poder verlas, al comparecer disfrazadas ante el Tribunal Supremo, es otra de las virguerías benevolentes de Martínez Arrieta. No hemos podido constatar la belleza de la odontóloga Jéssica o Jesica o Jésica, rescatada de la prostitución por la ciencia bucodental que nada quiere saber del cobro por felaciones, aunque alguna relación guarda. Tampoco hemos podido contemplar la faz de Patricia Úriz, la ex de Koldo, la celestinesca proveedora de joyas y lencería para las escorts y sobres de dinero para la golfa pareja. La anécdota emocionalmente inquietante ha sido conocer la trayectoria de ambos destinada a poner remedio a la angustiosa alopecia que les desmerecía, incluso ante prostitutas, para lo cual acudieron, no a clínica prestigiosa alguna, sino a un especialista formado en Turquía y residente en Valencia, de apellido anodino y de tumultuosa peripecia vital, un hermano de Antonio Anglés, el asesino huido del crimen de Alcásser en noviembre de 1992, en el que, con la participación de Miguel Ricart, unas quinceañeras, Miriam, Toñi y Desirée, fueron brutalmente violadas y asesinadas. Extrañas vueltas del destino.

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