Opinión
¿‘Quo vadis’, Rufián?

Gabriel Rufián, ERC. Comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados.
Gabriel Rufián insistió la semana pasada en su desafío a Oriol Junqueras y Esquerra Republicana. Con el acto público junto a Irene Montero y Xavier Domènech volvía a tensar la cuerda con su partido mientras se consagraba como el gran profeta de la unidad de las izquierdas españolas. La campaña de Rufián para que las izquierdas a la izquierda del PSOE se agrupen en una candidatura -y ayuden a Pedro Sánchez a frenar la anunciada victoria de PP y Vox- ha merecido varias veces el rechazo republicano. Aun así, Rufián, sin hacerles caso, sigue insistiendo. Erre que erre. Ante tal actitud, uno no puede dejar de imaginarse a Junqueras clamando, cual Cicerón contra el conspirador Catilina: «Quousque tandem abutere, Rufián, patientia nostra?» («¿Hasta cuándo, Rufián, abusarás de nuestra paciencia?»).
Gabriel Rufián, el mismo que al estrenarse en el Congreso anunció que solo iba a ser diputado 18 meses, los que tardaría Catalunya en lograr la independencia; el mismo que llamó traidor a Carles Puigdemont («155 monedas de plata») en Twitter, cuando este se inclinaba por convocar elecciones en lugar de declarar la independencia, es hoy el gran promotor de la alianza de las izquierdas españolas. «Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras». Más allá de la bondad o no del propósito -nos referiremos a ello más tarde-, lo de Rufián es una provocación en toda regla. Rufián no pidió permiso a su partido para impulsar la campaña a favor de la unión de las izquierdas, ni ha rectificado cuando se le ha dicho que no anduviera en esa dirección. Haciendo oídos sordos, ha seguido adelante. El mitin del pasado jueves día 9, al lado de Montero y Domènech en Barcelona, puede que sea la gota que colma el vaso.
Detengámonos un momento en este punto. Sumar a las izquierdas es un objetivo encomiable, que puede resultar positivo para un espacio fragmentado, desorientado y emponzoñado por la fricción entre egos. Probablemente, esas formaciones políticas sacarían más diputados juntas que cada una por su lado. Sin embargo, como es evidente con los números en la mano, ni en el mejor de los supuestos se situarían cerca de poder frenar a las derechas. Por mucho que Rufián proclame que de lo que se trata es de «fascismo o antifascismo» y aunque lograra poner de acuerdo a un puñado de esas formaciones -cosa que, a día de hoy, no hay visos de que pueda suceder-, las cuentas no salen. De ninguna manera.
Entonces, ¿Quo vadis, Rufián? ¿Adónde vas, Rufián? ¿Por qué hace lo que hace? Esta es, no hay duda, la pregunta del millón, pues rebasa la política y atraviesa los espesos bosques de la psicología. Rufián, un tipo listo que se ha convertido en famoso gracias a su habilidad para urdir frases simples y redondas, puede que sienta que en su partido no se le aprecia en todo lo que vale, que, intuimos, en su opinión, es muchísimo. Se ha distanciado ostensiblemente del núcleo dirigente de ERC y mantiene relaciones gélidas con varios de sus compañeros de grupo en el Congreso. Ante ello, caben dos hipótesis. La primera, que lo que pretende Rufián sea hacerse valer ante su partido, que le hagan caso, mandar más. La segunda, que pueda, en un momento dado, liderar o incorporarse de forma relevante a una eventual candidatura de las izquierdas españolas. Si atendemos al primer supuesto, le puede suceder a Rufián que con su exceso de porfía logre lo contrario de lo pretendido. Por su parte, la segunda hipótesis necesitaría que efectivamente la candidatura de las izquierdas se convierta en realidad, algo extremadamente complicado. Discurran los planes del portavoz republicano en Madrid por un sendero o por el otro, cabe concluir que la jugada resulta francamente temeraria. Recordemos que Catilina acabó teniendo que marcharse de Roma.
Hasta ahora, Oriol Junqueras ha adoptado una aproximación, digamos, en el mejor sentido del término, jesuítica al pulso rufianesco. Le ha dicho que no, pero cuidándose de evitar un encontronazo frontal e irreversible, que pudiera precipitar la ruptura. No obstante, cada vez que el de Santa Coloma de Gramenet abre la boca la autoridad de Junqueras se devalúa un poco más y la imagen de ERC se desgasta. Lo de Rufián tiene, sin duda, un coste para los republicanos. Ante ello, es lógico preguntarse por qué razón Junqueras y ERC están aguantando tanto y, sobre todo, hasta dónde llegará su paciencia con él.
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