Opinión
El libro de Sant Jordi
Quien lea ‘Historia de la ciudad de Palma’, de Bartomeu Bestard Cladera, aprenderá unas cosas –muchas– y recordará otras, pero sobre todo será una persona más feliz que antes de hacerlo

Libros, en Sant Jordi. / Enric Fontcuberta
Hay libros que empiezan con buen pie y pasan los años y continúan su marcha a buen paso, sin detenerse apenas. Unos los llaman best-sellers y otros, aunque parezca una frivolidad, fondo de armario: con ellos nunca te equivocas. A estas alturas hemos visto nacer algunos con ese don como para no reconocer uno más cuando lo hace. A veces, el libro viaja solo; en otras, la presencia de su autor –su conocimiento y confianza– acompaña y potencia el viaje. Pero tanto en un caso como en otro, el libro en cuestión posee un imán que lo hace atractivo desde su nacimiento, cuando todavía no hay casi tiempo conocerlo.
Este es el caso de Historia de la ciudad de Palma, de Bartomeu Bestard Cladera, que así firma y llama quien ha heredado el diminutivo de su padre –que lo es todo, de físico y de vida, menos diminuto– Tumi Bestard, el viejo cónsul del imperio. Decía Llorenç Villalonga de Ortega ‘que tenía un sentido deportivo de la cultura’. Y añadía: ‘unos juegan al tenis y otros a la metafísica’. El joven Tumi Bestard, ya en la cincuentena, posee también ese sentido deportivo de la cultura. Es decir, de la historia y la religión, de los escudos (a ser posible de piedra), de los buques de la Navy, de su dificultad para enfadarse pase lo que pase y del fino humor con el que contempla y busca el lado bueno de las cosas y las personas y evita o soslaya el malo. Que también conoce, pero simula que no, lo que no deja de ser una gran virtud, más grande aún en nuestra tierra maledicente. Todo esto –sin olvidar su curiosidad ni su devoción por la literatura– está en su forma de contemplar la Historia, de acercarse más y más a ella y contárnosla. Sin vicios adquiridos, sin intereses particulares, sin pedanterías, sin exclusiones.
En este libro sobre las aventuras de Palma –porque también es un libro de aventuras, unas luminosas, otras sórdidas, todas apasionantes– Tumi Bestard ha sometido las crónicas del pasado a un minucioso escrutinio y ha extraído de ellas –de Ramon Muntaner a Juanito Llabrés, pasando por el Cronicón Mayoricense y otras– toda su esencia para contarnos de dónde venimos, donde estamos y lo que hemos sido y somos: sin apenas fantasías. Y las ha aderezado con anécdotas y apuntes que surgen de la amistad con vocación tertuliana. Aquí he de regresar al citado ‘sentido deportivo de la cultura’ porque todo se cuenta en un estilo ágil, divertido en muchas ocasiones, culto sin abrumar y sobre todo cercano al lector. Quien lea Historia de la ciudad de Palma, de Bestard, aprenderá unas cosas –muchas– y recordará otras, pero sobre todo será una persona más feliz que antes de hacerlo. Y quien la consulte aquí y allá –el índice es extenso y muy completo y la obra roza las novecientas páginas– será sin duda más sabio. Comprenderlo todo –decía Madame de Staël– es perdonarlo todo.
Y ese todo está en la ambición narrativa de Tumi Bestard. Contarlo y hacerlo bien, sin mentiras –enemigas de la Historia– para que ese todo quede cuando ya no estemos y el pasado sea un mosaico roto, con sus teselas desperdigadas en beneficio de intereses ajenos a la vida en sí, o una de esas invenciones y falsificaciones que nos llevan a la perdición: o sea, a perdernos nosotros mismos. No hay –nos dice Bestard entre el asombro y el entusiasmo– fechas lejanas o aburridas, ni lugar tedioso; al revés: donde menos lo esperas está la explicación necesaria para entendernos y nada hay que no pueda despertar nuestro interés. Esto se llama humanismo (pongan ustedes el adjetivo). No diré el viejo tópico de que su Historia de la ciudad de Palma se lee como una novela, pero sí que en ella están las novelas protagonizadas por nuestros antepasados. Por todos ellos, sin distinción, reunidas en este libro, verdadera fiesta de la pasión por la Historia.
El próximo 23 de abril, apenas diez días y festividad de Sant Jordi, San Jorge o Saint George, tienen una cita con él.
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