Opinión | Tribuna
¿Y si el progreso no nace del enfrentamiento?
Acaba de caer en mis manos el libro Más allá de la cultura del enfrentamiento, del autor Michael Karlberg. La obra plantea una pregunta incómoda, pero esencial: ¿y si la forma en que entendemos el cambio social estuviera errada en su raíz? Durante generaciones, hemos asumido que el progreso nace del conflicto: partidos opuestos, ideologías enfrentadas, mercados donde solo triunfa el más fuerte. Esta lógica, tan extendida, rara vez se cuestiona. Pero esta obra nos invita a imaginar un camino diferente.
Vivimos en una era de interdependencia global. Las crisis ecológicas, las desigualdades, las migraciones y los conflictos políticos están entrelazados. Ningún país, institución o grupo puede resolver estos desafíos por sí solo. Sin embargo, seguimos recurriendo a estructuras basadas en la división: sistemas políticos de confrontación, economías impulsadas por una competitividad sin límites y movimientos sociales que, aunque legítimos, replican la lógica del antagonismo.
El problema no es solo que este modelo genere tensiones, sino que las perpetúa. La llamada «cultura de protesta», aunque vital para visibilizar injusticias, rara vez consigue construir alternativas duraderas. A menudo, refuerza las divisiones que pretende superar. La indignación es un motor, pero no siempre produce cambios concretos.
Frente a esto, se propone una idea alternativa, que puede sonar idealista, pero que merece ser explorada: el mutualismo. No se trata de ignorar los conflictos, sino de abordarlos desde la colaboración. En vez de competir para vencer, se busca construir soluciones conjuntas.
En vez de dividir, se exploran espacios de encuentro. Este enfoque exige repensar nuestras instituciones. ¿Es posible una democracia sin partidos polarizados? ¿Una economía que premie la cooperación y no la agresividad? ¿Un cambio social que no dependa del enfrentamiento? No son preguntas ingenuas, sino necesarias, pues estamos ante una crisis global que no admite respuestas fragmentadas.
Ya existen indicios de que este camino es viable: comunidades que cooperan, modelos empresariales basados en la solidaridad, espacios de diálogo que priorizan el entendimiento. Pero estas experiencias son todavía marginales, frente a un sistema que glorifica la competencia.
El verdadero reto, por tanto, no es solo cambiar estructuras, sino cambiar la mentalidad. Debemos entender que la cooperación no es debilidad, sino una forma más sofisticada de organización.
En un mundo plagado de crisis, apostar solo por el conflicto puede ser peligroso. Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos, con sinceridad, si el progreso no depende de vencer al otro, sino de avanzar juntos.
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