Opinión | Tribuna
La democracia también necesita color

Recreación artística de la decadencia de la democracia. / Generador de imágenes de COPILOT para T21/Prensa Ibérica.
Hace ya algunos años, en una manifestación, vi a un joven con una pancarta que se me quedó grabada: «No somos antisistema; el sistema es antinosotros».
No era solo una consigna. Era una pregunta incómoda: ¿a quién representa, exactamente, nuestra democracia… y quién se queda fuera?
Hay una idea que se repite con insistencia en tertulias y sobremesas: los jóvenes pasan de la política. Que la democracia les interesa poco. Que viven lejos de las urnas y demasiado cerca de las pantallas.
Pero cuando uno mira la evidencia con algo de calma, la imagen es bastante más matizada.
Es cierto que la participación electoral juvenil es baja. En las elecciones europeas de 2024 apenas votó alrededor del 36% de los menores de 25 años. Si solo miramos las urnas, el diagnóstico parece sencillo: apatía. Sin embargo, la investigación reciente apunta a algo distinto. Muchos jóvenes no están abandonando la democracia; están redefiniendo cómo se participa en ella. Se movilizan en movimientos climáticos, iniciativas feministas o proyectos comunitarios, espacios donde sienten que su voz tiene un impacto más directo.
Aquí vale la pena detenerse. El historiador belga David Van Reybrouck, en su ensayo Contra las elecciones, señala algo que a menudo incomoda: el voto no siempre representa bien a la sociedad, y el sistema electoral puede generar más división que solución. No lo dice para tirar la democracia por la borda, sino para recordarnos que las urnas son solo un instrumento, no la democracia misma.
Diversos estudios confirman que la desafección juvenil no suele dirigirse contra la idea de democracia en sí, sino contra instituciones concretas que perciben como poco receptivas. Y hay experiencias que invitan al optimismo: en países como Austria, donde se vota desde los 16 años, quienes empiezan a participar antes tienden a implicarse más en la vida democrática. La democracia, al fin y al cabo, también se aprende practicándola.
Yo nací ya en democracia. No conocí el blanco y negro político que marcó a otras generaciones. Pero precisamente por eso creo que vale la pena recordar de dónde venimos y entender que la democracia no es un estado terminado, sino una obra siempre en construcción. Frente a quienes miran al pasado con nostalgia, a mí esa idea me revuelve por dentro. Creo que la democracia necesita más imaginación, más participación y, si se me permite la metáfora, más color.
De ahí nace mi nuevo libro, Divercracia, una historia para niños y jóvenes que imagina una ciudad donde las ideas de los más pequeños pueden transformar la vida democrática, continuando la intuición de Lexie: la niña que cambió el mundo: la democracia se fortalece cuando dejamos de verla como un asunto exclusivo de adultos.
Quizás el problema no es que los jóvenes no quieran participar. Quizás el problema es que las instituciones aún no han aprendido a escucharles. Abrirles la puerta es el primer paso. El segundo, dejar que pinten también ellos. A lo mejor la capa que necesita nuestra democracia es precisamente la suya.
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