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Opinión | La caja de resonancia

El calvario de ser fan de un ídolo pop en 2026

El cantante Bruce Springsteen (i), durante su actuación en el Estadio Civitas Metropolitano, a 12 de junio de 2024, en Madrid (España).

El cantante Bruce Springsteen (i), durante su actuación en el Estadio Civitas Metropolitano, a 12 de junio de 2024, en Madrid (España). / EP

Desde hace un tiempo se observa un discreto crescendo de quejas entre los fans de los ídolos pop, molestos porque lo suyo se les va de las manos, con esa tensión a la hora de conseguir entradas de los conciertos, canalizada en procesos de compra estresantes, con dispositivos de preventa, códigos, larguísimas colas virtuales, precios dinámicos y reventa. Sí, ser fan antes era más fácil.

La razón es que el público se ha multiplicado y que la oferta desborda la demanda y, como me decía hace unos días Neo Sala (Doctor Music), cuando pones a la venta 300.000 entradas y hay un millón de compradores potenciales, esto solo puede acabar de una manera, con 300.000 personas muy contentas y 700.000 enfadadas. Flota una cuestión antigua, el recelo del fan con recorrido hacia ese gran público añadido que percibe como intruso.

Pensar que, con los precios al alza, los conciertos se convierten en un privilegio para unos pocos no se ajusta a la realidad: los estadios se llenan como nunca. Pero no de los fans que han seguido siempre al artista, sino de recién llegados, atraídos por el efecto llamada, el FOMO o la curiosidad de meter la nariz en ese evento del que todo el mundo habla. Es cierto que esos fans, los prescriptores pioneros, son atropellados por la marea y su función de haber encendido la mecha no es reconocida. ¿Pero es pertinente discutir las razones por las cuales cada cual gasta su dinero?

Al fan le queda el consuelo de observar que se le trata con menos condescendencia que antes, cuando se le asociaba a un comportamiento inmaduro y tontorrón. Tengo amigos creciditos que llevan muchos años persiguiendo a Bruce Springsteen por medio mundo. En realidad, casi todos somos fans de alguien o de algo: de un equipo de fútbol, de un partido político o de una marca de gafas. Hay algo en ello que tiene que ver con nuestras reservas de pasión e inocencia. Respuestas al cinismo, a la mirada escéptica, al nihilismo. Y ese gran público añadido también es fan, quizá no del artista, pero sí del evento, del gran aquelarre.

Al actual paradigma industrial no se le vislumbra marcha atrás: solo ocurriría si los estadios no se llenaran. Siempre queda la opción de bajarte del tren, recordar las razones por las que un día te hiciste fan y desplazar la mirada a un nuevo sujeto de interés, menos mediatizado (y desear secretamente que nunca triunfe para que sea siempre tuyo y solo tuyo).

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