Opinión
Agresión homófoba a un profesor, combatir el odio en las aulas

Instituto Baltasar Porcel de Andratx. / DM
La agresión homófoba a un profesor del instituto Baltasar Porcel de Andratx exige una firme respuesta que va más allá de la activación de un protocolo, de la solidaridad con la víctima o de una rotunda condena de los hechos, como ha ocurrido. No se trata de un hecho aislado que afecta a un docente en concreto, sino que refleja una normalización preocupante de los insultos, las amenazas y la falta de respeto en entornos educativos. Según datos de la conselleria de Educación, el pasado año se abrieron en Balears hasta 79 protocolos por agresiones a personal docente, de los que 51 respondían a incidentes. Son magnitudes que constatan el problema del recurso a la violencia, sea física, verbal o digital, al que se enfrentan las aulas, espacios que requieren especial atención por su papel clave en la transmisión de conocimiento y de valores a las nuevas generaciones que tomarán las riendas del futuro. Sin un profesorado que se sienta respaldado, protegido y reconocido como autoridad ante la Administración y ante el conjunto de la sociedad, se agrieta uno de los pilares fundamentales para la convivencia democrática.
En el caso de Andratx, media docena de adolescentes de entre 15 y 16 años podrían estar implicados no solo en la publicación en una plataforma educativa de contenido vejatorio para denigrar al docente por su orientación sexual, sino también en la utilización de perfiles falsos, según la investigación de la Guardia Civil remitida a la Fiscalía. Además de pérdida de respeto al profesorado, estos comportamientos entrañan LGTBIfobia y acoso digital, y podrían derivar en acusaciones de delito de odio y contra la integridad moral. Estas actitudes no representan el comportamiento mayoritario en los institutos de la isla, pero sí constituyen el reflejo local de un problema global que aúna prejuicios, frustración social y radicalización digital, asentada muchas veces en bulos. La adolescencia es una etapa de crecimiento personal, de búsqueda y reacciones impulsivas, que resulta especialmente vulnerable a esa atmósfera tóxica que algunos se afanan en expandir. De poco sirve que los centros ahonden en valores como el respeto a la diversidad o en la educación afectivo-sexual, si los estudiantes ven que el presidente del Parlament balear, Gabriel Le Senne, se dedica a acusar en vídeos subidos a las redes de «adoctrinamiento» a un instituto de Porto Cristo por un mural en el que se besan personas del mismo sexo y no pasa nada.
Esta semana hemos visto también cómo un sector de aficionados al fútbol coreó insultos racistas en el partido amistoso que enfrentó a las selecciones de España y Egipto: «Musulmán el que no bote». Paradójicamente, todo esto ocurría en un partido en el que el jugador más ovacionado era Lamine Yamal, joven estrella que profesa la religión musulmana. Como ha ocurrido con el profesor, Vox tampoco condena. Cuando desde tribunas públicas se presenta a determinados colectivos como una amenaza y se banaliza el lenguaje discriminatorio, lo impensable pasa a ser opinión, con riesgo de acabar sentando cátedra. Ahí se larva el odio, cuando una sociedad se acostumbra a señalar y a normalizar el desprecio por el origen, la religión, la orientación sexual, el género o lo que sea que moleste. Combatir el odio en las aulas empieza por actuar con firmeza ante los discursos y las acciones que abonan la intolerancia y la discriminación, además de proteger a las víctimas y de reforzar la convivencia desde el respeto con la implicación de todos.
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