Opinión | Tribuna
El problema empieza antes del insulto: qué revela el caso del IES Baltasar Porcel

Profesores del centro denuncian que "no se trata de un hecho aislado". / IES Baltasar Porcel
In & Out, aquella comedia de los noventa que parecía ligera y era bastante menos inocente de lo que recordamos, entendió algo que seguimos sin resolver. Un profesor de literatura de un pequeño pueblo deja de ser, de golpe, un profesor y pasa a ser un asunto público. No porque cambie su competencia, ni su trato con los alumnos, ni su autoridad intelectual. Cambia la mirada de los demás. Su vida deja de ser irrelevante y empieza a ser leída como signo, como rumor, como perturbación. La película lo envolvía en humor. Lo que mostraba, sin embargo, era más serio: en determinados contextos, un docente LGTBIQ+ no es tratado simplemente como un profesional, sino como una presencia que alguien cree tener derecho a interpretar.
Ese desplazamiento no pertenece solo al cine. Está también en lo ocurrido estos días en el IES Baltasar Porcel. El problema de un profesor LGTBIQ no comienza cuando recibe un insulto. Comienza antes: cuando su presencia deja de ser profesional y pasa a ser comentario posible, rumor disponible, excepción vigilada. La homofobia no nace solo en la agresión. Nace en el momento en que una vida tiene que justificarse para ocupar una mesa de profesor.
Durante años, Europa enseñó exactamente eso. La Sección 28 británica no perseguía únicamente contenidos: dejaba caer una sospecha más honda, la de que la sola visibilidad de lo homosexual en la escuela era ya un problema. Mucho antes de que aparezca un insulto en un aula, ha habido leyes, discursos y reflejos culturales que enseñaban a callar. La escuela no arrastra solo prejuicios; arrastra archivo, memoria de lo que durante décadas se enseñó a ocultar.
En 2013, el caso de Lucy Meadows lo mostró con una crueldad insoportable. Maestra trans británica, comunicó su transición y dejó de ser leída como docente para convertirse en carnaza pública. La prensa sensacionalista la acosó, intentó comprar testimonios, buscó fotografías de antes y después, transformó su vida en espectáculo. No hubo falta profesional. No hubo transgresión alguna. Bastó con que una parte del entorno decidiera que su existencia era de interés general. Un día Lucy dejó de ir a la escuela. Poco después la encontraron muerta. Probablemente se suicidó. A veces no hace falta vejar a un profesor en un aula ni fabricar una cuenta falsa para humillarlo. Basta con expulsarlo de la normalidad.
Eso es lo que todavía demasiada gente no quiere admitir. Que a un docente heterosexual se le concede de entrada el beneficio de la neutralidad, mientras que a uno LGTBIQ se le carga con un plus de significado. Uno enseña. El otro, además de enseñar, tiene que soportar lo que su sola existencia despierta: curiosidad, vigilancia, paternalismo, incomodidad o desprecio. La escuela presume de neutralidad justo donde más delata sus preferencias: en quién puede ser adulto sin dar explicaciones.
En entornos de escala corta, como Mallorca, esto adquiere un espesor particular: la exposición no desaparece, se acumula y circula. Y cuando circula, no solo hiere; coloca. No solo degrada; avisa. Convertir a un profesor en «tema» sigue siendo una manera de recordarle que hay vidas a las que todavía no se reconoce del todo el derecho a la tranquilidad pública.
A menudo se dice que los profesores LGTBIQ son importantes como referentes. No lo dudo. Pero también ahí acecha una trampa. Primero se sospecha del docente LGTBIQ; después, en nombre de la reparación, se lo convierte en símbolo permanente, en referente obligatorio, en educador moral del centro. Tampoco eso es justo. Nadie debería salir cada mañana de casa dispuesto a representar una causa. El buen horizonte no es ni el armario ni la épica. Es la normalidad. Que un profesor pueda ser solo eso: un profesor.
De ahí que la figura del profesor LGTBIQ siga siendo tan importante. Porque ensancha de manera concreta la idea de quién puede habitar la autoridad adulta. Porque desmiente sin necesidad de proclamas una vieja distribución moral del mundo: esa según la cual ciertas vidas podían tolerarse en privado, pero no encarnarse en lugares de prestigio, cuidado o enseñanza. Un profesor LGTBIQ no solo enseña una asignatura. También corrige, con su sola presencia, un reparto antiguo entre lo respetable y lo sospechoso, incluso cuando nadie lo ha contratado para hacerlo.
Eso es lo que conviene pensar cuando estalla un caso como el de estos días. No solo quién insultó. No solo qué protocolo se activará. La pregunta más exigente es otra: qué vidas pueden habitar nuestras aulas sin verse convertidas en comentario. Un docente LGTBIQ no es una nota a pie de página de la inclusión ni un emblema decorativo de diversidad. Es una pieza imprescindible de la escuela democrática. No porque represente nada extraordinario, sino porque ayuda a volver ordinaria una libertad que todavía no lo es del todo.
Todavía hay demasiada gente a la que un docente LGTBIQ no le parece un profesor, sino una explicación pendiente. Ese es el problema. Y también la prueba. Porque allí donde un profesor no puede ser solo eso, la igualdad ya ha empezado a fallar.
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