Opinión | Al azar
Trump prefiere Irán a Sánchez

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el tejado del Ala Oeste de la Casa Blanca en Washington, D.C.. cerca de donde propuso construir un nuevo salón de baile.US President Donald Trump on the roof of the West Wing of the White House in Washington, DC, US, on Tuesday, Aug. 5, 2025. Trump appeared on the roof of the White House near where he has proposed a new ballroom to be built. Photographer: Samuel Corum/Sipa/Bloomberg. *** World Rights *** / Samuel Corum / BLOOMBERG
Pelillos a la mar del Estrecho de Ormuz, anunció Trump junto al Air Force One, después de declararle la paz unilateralmente a Irán. «Son grandes negociadores, y muy inteligentes a su manera», se admiraba el pasado jueves el presidente del Universo sobre sus enemigos, como si no debiera descartarse una invasión de Estados Unidos a cargo de los ayatolás. El tono conciliador dejaba implícito que ha encontrado mejor acogida en el régimen de Teherán que en su maldito Pedro Sánchez. Jamás se atrevería a endosarle un rastro de inteligencia al español que le roba planos en la actualidad planetaria.
Trump escamotea los nombres de sus nuevos interlocutores amistosos en Irán por si tiene que matarlos, lo cual crearía una situación incómoda en la mesa de negociaciones compartida con gente tan inteligente. Relajado y sonriente aunque repetitivo, el presidente de Estados Unidos trata a Irán como el hijo pródigo que regresa al redil, y reserva la condición de enemigo hostil para España. La animadversión desarrollada por Trump es tan potente que duda sobre si le conviene más retirar a sus soldados de las bases de Rota y Morón, o secuestrar directamente a los Sánchez en La Moncloa al estilo de Maduro, aunque aquí podría entrar en un conflicto de competencias con el juez Peinado.
La inquina de Trump sirve de escudo protector a Sánchez. El presidente estadounidense nunca llegará a odiarle tanto como Felipe González, y a lo largo de la semana pasada tuvo que compartir los insultos con Keir Starmer, singularizado ahora por los depredadores de Washington como la gacela más frágil de la manada. «Se acabaron las guerras políticamente correctas», decretó Pete Hegseth. Se malinterpretó que el pugilístico secretario de la Guerra anunciaba un combate sin guantes, pero se refería en realidad a que los bombardeos más intensos se llevarían a cabo contra los aliados. Sánchez no podía imaginar que su última esperanza reposaría en manos de Trump, pero ni el mayor showman del planeta puede garantizarle la continuidad en la Moncloa.
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