Opinión | Tribuna
De taquillas y máquinas
Negar que estamos ante una nueva fase evolutiva (la sustitución de la carne y el hueso por pantallas táctiles) sería como negar que los humanos venimos del mono

Compra de entradas de cine. / SHUTTERSTOCK
Protestar ante el avance de la digitalización y la robotización como sustitutos de lo humano diría que, a estas alturas, tiene tan poco recorrido como lo fue en su momento la resistencia inicial a la teoría de la evolución de Charles Darwin. En ambos casos, el pataleo no sería más que un intento desesperado de frenar una realidad imparable. La ciencia y la tecnología no piden permiso, se imponen. En mi opinión, negar que estamos ante una nueva fase evolutiva —la sustitución de la carne y el hueso por pantallas táctiles— sería como negar que los humanos venimos del mono. Tomando prestadas algunas ideas de Darwin, podría decirse esta digitalización respondería a la inevitable adaptación de los organismos a su medio ambiente. Solo hay que mirar nuestros paisajes cotidianos, ya colonizados por algoritmos e Inteligencia Artificial.
Pero semejante análisis existencialista no nace de un ego pretendidamente sesudo, sino de algo mucho más mundano: un pequeño berrinche durante una reciente visita a unos cines de Palma. El objetivo de la expedición era ver Amarga Navidad de Almodóvar. Y antes cabe aclarar que, dejando a un lado la crítica de Carlos Boyero, sabíamos de antemano lo que nos podríamos encontrar después de leer las opiniones de otros cinéfilos que señalaban ciertas similitudes con Dolor y gloria. Es decir, el fastidio no vino por la película en sí, a ratos soporífera, sino por la ausencia de personal en las taquillas al querer sacar las entradas.
Esa cabina acristalada, donde una persona de verdad te miraba a los ojos y realizabas la ancestral transacción de compra y venta de tickets, estaba vacía. La única opción posible, ante la protesta de otras personas que iban llegando, eran los quioscos digitales que parecen monolitos de la película 2001: Una odisea del espacio, pero con luces de colores y nada filosóficos.
Lo más surrealista vino después. Descubrimos de casualidad y con las entradas ya adquiridas, que el mostrador del bar, ese lugar sagrado destinado a la venta de palomitas, «combos» y perritos calientes, resulta que ahora también podía ejercer de taquilla, siempre que se sepa, claro. El colmo de la eficiencia. Recordé entonces que este sistema ya estaba implementado en otros multicines a los que vamos con menor frecuencia.
En medio de este caos evolutivo, nos vimos ejerciendo de «buenas samaritanas tecnológicas». Tuvimos que ayudar a un señor mayor que se quedó petrificado frente al «monolito»; no sabía por dónde entrarle. Al final, logramos que obtuviera su entrada para ir a ver Torrente, presidente. La escena tenía su gracia: mientras la tecnología nos empuja hacia un futuro aséptico y robótico, el público sigue buscando refugio en el casticismo más extremo y en lo políticamente incorrecto.
Hemos pasado, entonces, de la selección natural a la selección digital. Si no sabes, o no quieres, usar una pantalla táctil quedas fuera del ecosistema. Darwin estaría fascinado, aunque probablemente él también acabaría pidiendo ayuda para sacar su entrada mientras se pregunta en qué momento de la evolución decidimos que una máquina era mejor interlocutor que un taquillero o una taquillera.
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