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Opinión | Tribuna

El síndrome de Eróstrato

Desde Homero se sabe que la fama es uno de los estimulantes más poderosos de las acciones humanas. En la Ilíada y en la Odisea, personajes tan señeros como Aquiles o Ulises justificaban sus heroicidades como el medio para que su nombre se inmortalizara entre los hombres. La etimología de la palabra «fama», originada a partir del verbo griego phemi que significa «decir», denota que ser famoso consiste en lograr que, como ha sido el caso de Aquiles o Ulises, un gran número de personas hablen durante siglos de ellos y sus proezas. Es por esto que el vocablo «renombre», que literalmente significa que el nombre de alguien se repite mucho es, en función de la magnitud de esa reiteración, el indicador del nivel de la fama que cada individuo ha cosechado.

Llegar al máximo nivel de notoriedad requiere que se realicen hazañas espectaculares que adquieran una extraordinaria repercusión. La obtención del mayor grado de celebridad es el resultado de la consecución de unas gestas que la inmensa masa anónima de personas nunca podrá realizar. Es por esto que la fama, desde la época grecorromana, representa el reconocimiento a la excelencia en la práctica sobresaliente de cualquier quehacer humano. Debido a esta alta exigencia, quienes desean ser famosos a cualquier precio, al no poder obtener la celebridad por su propia ineptitud, han optado por recurrir a otros medios más expeditivos para conseguirla. Entre ellos, la de causar el mayor impacto posible mediante la destrucción. Así lo hizo Eróstrato, un humilde y desconocido pastor, que, para pasar a la historia, en el año 356 a. C. incendió el templo de Artemisa de su ciudad de Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Con esa demolición se procuró la fama que tanto anhelaba, muy superior a la de los ignorados arquitectos que levantaron ese magnífico edificio.

Por este motivo, la psicología moderna ha acuñado la expresión «síndrome de Eróstrato», para describir el trastorno mental que se caracteriza por una apetencia desorbitada de fama. Para alcanzarla, los maníacos afectados por esa enajenación se sienten impulsados a cometer actos vandálicos. Escritores como Jean Paul Sartre, en su cuento titulado Eróstrato, o Fernando Pessoa, en su libro Eróstrato y su búsqueda de la inmortalidad, reflexionaron sobre el desmedido y obsesivo afán de conseguir notoriedad a través de la aniquilación. Una chifladura que, a lo largo de los siglos, se ha apoderado de individuos jactanciosos y narcisistas dispuestos a cometer cualquier atrocidad que los inmortalice. En esa patológica carrera por estar siempre en boca de todos, en alocada competencia con Putin y Netanyahu, destaca el soflamado Donald Trump que, para satisfacer su enardecido ego, ha afirmado sádicamente que bombardea Irán «por diversión», al igual que Nerón cantaba contemplando el incendio de Roma. Y es que Trump, por su inflamado erostratismo, ya se ha ganado a pulso el indigno galardón de ser el más renombrado pirómano de la historia universal… de la infamia.

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