Opinión | En aquel tiempo
La herencia comunicativa de Habermas

Imagen de archivo de Jürgen Habermas. / SIMELA PANTZARTZI
Con el paladar roto, un labio leporino, y una voz casi metálica, el último gran filósofo de la Escuela de Frankfurt, y en parte, contradictorio de la misma, moría hace pocos días y nos dejaba un tanto «deshabitados» de su instrumento prioritario para una construcción humanista de la sociedad: la palabra como vehículo privilegiado del pensamiento/conocimiento. Ha puesto pies en polvorosa cuando su propia sociedad parecía negar sus principios relacionales, empeñada en imponer dogmáticamente cualquier «hallazgo instantáneo» como vehículo indiscutido de relación entre los humanos. Dicho de otra manera más callejera, Jürgen Habermas levantó el gran edificio comunicativo tras la debacle bélica de los 40, hasta llegar a vislumbrar como una sociedad que había ayudado a construirse se venía abajo al sustituir la palabra por la agresividad más intolerante. Vale la pena ir más allá para proponer el significado último de esta apreciación aparentemente metafísica. Porque atraviesa nuestra vida concreta y cotidiana.
De suyo, cuando hablamos y escribimos de «acción comunicativa», estamos proponiendo que cualquier «instrumento relacional» tiene dos dimensiones: es activo, y por lo tanto implica responsabilidad, y es conjuntivo, es decir, tiende a aproximar, a poner en común la realidad hablada o ejercida. Podrá aparecer una exquisitez metafísica, pero se trata de algo completamente diferente: no hay verdadera comunicación sin que se produzca, lingüística y vitalmente, una acción llamada a unir, a aproximar, a intentar comprender al otro hablante, si bien, repetimos, de este proceso pueda alcanzar la fractura definitiva, por la sencilla razón de una «subterránea intencionalidad». Tómense el trabajo de analizar cualquier primera página de cualquier medio masivo y descubrirán todo lo escrito en las líneas anteriores. Porque lo que nos define es esa «subterránea intencionalidad», mucho más que las afirmaciones casi evidentes.
Y es que, todo depende, en materia comunicativa, de su intencionalidad. Un ejemplo cercano y cotidiano: en principio, un Parlamento está creado para «parlamentar», y así, llegar a conclusiones conjuntivas. Pero resulta que tantos Parlamentos hodiernos consiguen exactamente lo contrario: quebrar posibles convivencias y levantar destructores edificios de agresividad demoledora. Hasta el punto de que nos hemos acostumbrado a tal barbaridad, que pisotea la misma identidad parlamentaria. Claro está, una vez que hemos desistido de todo lo referente a la búsqueda de la verdad, sustituida por intenciones de poder y sobre actuación. En realidad, en un Parlamento sería necesario conocer las «intenciones» de sus miembros, única forma de desvelar el sentido de sus manifestaciones lingüísticas. Porque las palabras pueden ser comunicativas de agresividad, de falacias en cadena, y por supuesto, de un uso torticero de su auténtico significado.
Cuando Habermas hablaba de «acción comunicativa», ambos conceptos eran «constructivo de la paz». Actualmente, mediante la aniquilación del «sentido de las palabras», resulta que cuando actuamos comunicativamente… podemos estar levantando un infinito edificio de confrontación disolvente. Tomen en sus manos críticas las palabras que suele pronunciar el prepotente Trump, y caerán fácilmente en la cuenta de lo expresado aquí. Todos los planes trumpistas acaban en algún tipo de destrucción, aunque pueda parecernos lo contrario. Y por ello mismo, engendran «espíritus vengativos». Una innovadora forma de diplomacia que consiste en someter al adversario, y si es posible, aniquilarlo.
Volvamos al olvidado Habermas y al recto sentido de su «acción comunicativa». No hay otro camino para la democracia. Ya ven.
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