Opinión
La política de la farsa
El teatrillo, la impostación, las muchas maneras de vender el producto político cuando está defectuoso... El objetivo no es convencer a los ciudadanos, sino tratar de distraerlos y ganar tiempo

Pedro Sánchez. / José Luis Roca
A pesar de que Pedro Sánchez es maestro en el arte de engañar siempre a todos, el hecho es que llega un momento en que se le acaba viendo el plumero, por mucho que se camufle. Es cierto que la política es una de las disciplinas en que más éxito tiene el juego de las mentiras pero, incluso en este territorio maleable, acaban teniendo las patas cortas. La excitación indignada, el histrionismo, la reacción sobreactuada, todo forma parte del teatrillo de la política, especialmente cuando hay que camuflar la incapacidad de gobernar, con la impostación retórica. Pero que sea una práctica desgraciadamente común no garantiza su éxito; sobre todo, ante una ciudadanía que empieza a estar harta de todo. Sófocles decía que una mentira nunca vive suficiente tiempo para hacerse vieja.
«De momento, a Sánchez le funciona», me dice un amigo descreído, de aquellos que han roto todas sus complicidades ideológicas, y es cierto que Sánchez ha conseguido ganar tiempo desviando su precariedad parlamentaria con grandilocuencia internacional: la épica exterior para esconder el fracaso interior. Pero que Sánchez salga adelante, al menos a corto plazo, no quiere decir que lo hagan sus adláteres, sobre todo si la farsa es tan chapucera que se desmonta en el primer acto. Estos días, hemos tenido dos ejemplos de esta carencia de destreza en el arte de levantar la camisa: el protagonizado por el tándem ERC-PSC con la retirada de los presupuestos catalanes; y la pataleta de Sumar, montando una escena de Novia a la fuga en el Consejo de Ministros.
El caso de los presupuestos catalanes es de traca. No hay ni un solo conocedor de la política catalana que no sepa dos cosas: que ERC no pondrá en peligro al Govern de Illa; y que acabará votando los presupuestos. De entrada, ERC vive a estas alturas de los centenares de cargos que tiene en las diferentes instituciones donde ha pactado con el PSC. Solo en el Gobierno catalán, y fruto del pacto por la presidencia, Illa ha mantenido a uno de cada cuatro altos cargos que formaban parte del gobierno anterior de ERC, lo cual suma más de 200 cargos (entre directores generales, jefes de oficina y asesores) que continúan estando en nómina del Govern. Además, se han creado órganos nuevos donde ERC tiene designación de cargos, en el ayuntamiento de Barcelona mantiene más de unos 20 consejeros de distrito, y el número de cargos en las cuatro Diputaciones es un festival. Todos con sueldo público. Si al rédito de este poder garantizado -que otorga garantía de sumisión a Junqueras en los órganos directivos del partido-, se añade el miedo de los republicanos a un adelanto electoral, queda meridianamente claro que ERC no pondrá en peligro a Illa, so pena de ponerse ella misma en peligro. Lo saben los republicanos, lo saben los socialistas, y aun así hemos vivido la farsa de retirar presupuestos para «darse tiempo», eufemismo que permite tragar mejor el sapo que se zamparán bien pronto.
Del teatrillo republicano al sainete de Sumar, con Yolanda Díaz en versión chica Almodóvar acabada de salir de la red carpet. Que si no hay decreto de vivienda se enfadan, que si Pedrooooo no se porta bien harán un mutis ministerial, que se van, pero vuelven, que hay decreto de vivienda, hiperprogre antilobi, que han conseguido un gran éxito, que Yolanda está feliz y..., nada tiene ningún sentido porque todos los protagonistas saben que es un decreto muerto, que no tiene consenso para ser aprobado y que formará parte de la montaña de proyectos fracasados en el dique parlamentario. Pero había que hacer la farsa porque a Sumar no le salen los números, el querido Pedroooo los ha fagocitado, no les queda margen de maniobra ideológica y necesitan un titular propio como si fuera una bomba de oxígeno. Pero sería deseable que, puestos a hacer números, fueran algo más profesionales. Ya es triste que nos mientan, pero hacerlo con chapucería excede en crueldad.
La farsa, el teatrillo, la impostación, las muchas maneras de vender el producto político cuando está defectuoso o directamente caducado. En este punto, el objetivo no es convencer a los ciudadanos, sino tratar de distraerlos y ganar tiempo. Es aquello del zorro diciendo al Principito que «lo esencial es invisible a los ojos», y de eso se trata, de entretener al personal para invisibilizar las miserias.
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