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Opinión

La Habana se cae a pedazos

Después de larguísimas décadas de victimismo, ya casi nadie cree que la culpa de todo la tenga el bloqueo norteamericano y, además, se acabó el petróleo que llegaba de Venezuela

Un grupo de personas en una de las calles de La Habana.

Un grupo de personas en una de las calles de La Habana. / Ernesto Mastrascusa / Efe

En la Cuba sin electricidad, la extenuación del régimen castrista desborda la calle con un descontento trágico. En el exilio, Guillermo Cabrera Infante, uno de los grandes de la literatura, aventuraba que el castrismo sería incapaz de evolucionar y de formular una transición hacia la libertad. Temía que sin margen para un cambio evolutivo pudiera haber derramamiento de sangre, por insurgencia de la calle. Hace noches, los cubanos airados incendiaron la sede del partido comunista en la ciudad de Morón. Las llamas parecían confirmar la premonición de Cabrera Infante, antes del amanecer en el trópico.

Después de larguísimas décadas de victimismo, ya casi nadie cree que la culpa de todo la tenga el bloqueo norteamericano y, además, se acabó el petróleo que llegaba de Venezuela a cambio del know how castrista en represión policial de la libertad. Por parte de Washington, sí rige ahora el bloqueo petrolífero a Cuba. Con siete -de cada diez- habitaciones de hotel vacías, sin nada en las farmacias, con el pueblo sin trabajo, y los hospitales sin antibióticos, con más de 20.000 jóvenes alistados por Putin en la guerra de Ucrania, la bancarrota del régimen castrista es uno de los escenarios más aciagos de este nuevo siglo.

En otra de sus bravatas, Donald Trump dice que va a meter mano en Cuba. La pregunta es quien será la o el Delcy Rodríguez, en Irán o en Cuba. Ocurre porque ni el régimen chavista, ni la teocracia iraní ni el Gran Hermano castrista han querido dar un paso hacia la transición democrática. De hecho, su modelo de transición no es otro que el Estado fallido, la pobreza, el exilio y la hambruna.

Desde la llegada de Castro al poder, no hubo Estado de derecho, sino totalitarismo. Todavía asombra la devoción con que intelectuales y políticos de la izquierda prefirieron la perfección teórica del castrismo rechazando la opción imperfecta de una demolición pautada del régimen. Todavía circula alguna camiseta del Che Guevara.

No hay electricidad en Cuba: son demasiados años de poder corrupto, de policía política, de deterioro económico que ha llevado a la implosión de todas las infraestructuras. Nueve millones de súbditos a oscuras, sin internet ni medicamentos, sin cajeros, sin aire acondicionado: el sistema de plantas eléctricas ha colapsado y no hay reemplazo. El dinero cubano está en manos de conglomerados -GAESA- que controla el Ejército revolucionario. El pauperismo -el 80% de los cubanos están en situación de pobreza extrema- monopoliza la imagen actual del pueblo cubano, con la Habana señorial cayéndose a pedazos.

Lo que los cubanos han tenido que callar desde 1959 no puede compararse -moralmente hablando- con todo lo que lo han querido callar quienes no querían dañar a la revolución y no ser considerados cómplices la CIA.

Cayó el imperio soviético y Cuba pasó a depender de Chávez: 70.000 barriles de crudo al día. Ahora ya no hay tiempo para las reformas internas. Es el colapso.

Mientras el presidente Díaz-Canel busca el dinero del exilio cubano en Miami, Marco Rubio parece dispuesto a hacerse con su Delcy Rodríguez en La Habana.

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