Opinión | Pensamientos
El cupo mallorquín

El restaurante Flamingo de Porto Cristo / S. Sansó
No, no vamos a hablar de la particular, y generosa, financiación estatal que correspondería, en Justicia, a Balears. Vamos a comentar una peculiar gestión del derecho de admisión por parte de un restaurante mallorquín.
La noticia la dio hace algunos días mi sagaz compañero de Manacor Sebastià Sansó, que hizo un reportaje sobre el Flamingo, un legendario local a la orilla del mar en Portocristo. «Flamingo, el refugio de Porto Cristo que guarda mesa para el cliente local», tituló Sansó.
La novedad no era que el negocio había recibido algún tipo de galardón, estrella, sol u otro símbolo de calidad, que seguramente se merece. El meollo era que sus gestores reservan entre un 50 y un 60 por ciento de las mesas para comensales mallorquines. Los forasteros se tienen que conformar con el aforo restante.
No es un caso de turismofobia: «Nosotros estamos encantados de que las personas que llegan a la isla puedan disfrutar de lo que tenemos aquí», explica Jaime Cuadrench Berlinger, responsable y cocinero del Flamingo.
Pero, y después de la pandemia, el flujo de clientela no residente se disparó, especialmente en verano. Los guiris, espabilados, reservaban con antelación y los autóctonos se quedaban habitualmente sin sitio.
«Nos daba pena que la gente de toda la vida ya no tuviera opción de salir a comer aquí», relata el cocinero. «El cliente mallorquín siempre ha apoyado al pequeño comercio y a los pequeños restaurantes como el nuestro. Es un sentimiento de querer hacer piña con la comunidad». Así que decidieron aplicar la «cuota mallorquina» por agradecimiento y cariño hacia sus convecinos.
Ignoro cómo serán los filtros para distinguir a los potenciales comensales, pero, probablemente, el empleo o no de los idiomas propios facilitará el cribado.
Pronto llegará la temporada alta y las carreteras, el Aeropuerto, los hospitales, las playas, las calles y los lugares emblemáticos se volverán a saturar de gente. Los nativos volverán a sentirse agobiados, acosados, menospreciados y ninguneados frente a los visitantes, que no paran de aumentar.
Hace ya años que se instauró en muchos mallorquines la sensación de saturación. Tímidamente, al principio, se levantaron voces críticas contra los excesos, no contra la industria en sí. Después, el clamor fue creciendo y se plasmó en manifestaciones masivas y otros actos de protesta.
Las autoridades parecieron reaccionar y montaron una plataforma para analizar las disfunciones del modelo económico insular y sus posibles remedios. Fue un inteligente engaño para calmar el descontento: hay un problema, no quiero o puedo solucionarlo, pero creo una comisión como cortina de humo.
Los defensores de nuestra tierra (no hay que olvidar el evidente daño medioambiental de tantísima población flotante), han sido toreados. Todo sigue igual o peor. La calle ha vuelto a dormirse, aunque quizá reaccione de nuevo.
Necesitamos más acciones como la del restaurante de Llevant para afrontar los males que también traen los extranjeros. El turismo nos da la vida pero, igualmente, nos la quita.
Sería absurdo reservar algunos metros de playas para españoles y separarlos de los bulliciosos bañistas alemanes o ingleses. Tampoco resultaría práctico, ni apropiado, habilitar carriles en las autopistas para conductores locales.
Aunque no estaría mal limitar la llegada a la isla de las decenas de miles de coches de alquiler y particulares que no pagan aquí el impuesto de circulación.
Prohibir la compra de viviendas a personas y empresas no residentes estaría muy bien, aunque chocaría con el libre mercado y los protocolos de la Unión Europea.
Suprimir todo el turismo de alquiler sería fabuloso, aunque bastaría con eliminar la oferta ilegal. La inestable coyuntura internacional no ayuda tampoco a bajar la fiebre del enfermo: quizás este año tengamos más estancias que los anteriores. También existe una nítida realidad: sin turismo no somos nadie. Una gran guerra, o una severa crisis, nos dejarían desnudos.
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