Opinión
Matar al jefe de la tribu

El líder de Irán, Alí Jamenei / EP
De pequeños, nos inculcaron que si matabas al jefe de la tribu de los indios ganabas la batalla. Lo aprendimos en las películas de vaqueros: si los indios atacaban, bastaba con que un oficial del Séptimo de Caballería acertara el disparo: entonces, el resto huían porque ya no tenían un jefe a mano. De ahí «descabezar» o «decapitar» al enemigo, que parece que fue, en un tiempo, una fórmula poco elegante, pero efectiva, de acabar con la guerra. Pensé en ello el día que empezaba el conflicto en Irán. El primer episodio que conocimos es que Estados Unidos había asesinado a Alí Jameneí, el mandatario supremo de la nación. Uno de los últimos episodios es que Israel ha «eliminado» a Alí Larijaní, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y, por lo que parece, uno de los hombres fuertes del régimen.
Dos consideraciones a tener en cuenta. Primera: la lógica estadounidense e israelí funciona como la de los niños pequeños. La guerra se gana si decapitas al jefe del enemigo y, pues, debilitas su fuerza simbólica. Al parecer, al menos a estas alturas, la capacidad de regeneración de líderes del régimen de los ayatolás es inconmensurable. Da la sensación de que, aparte de las defensas y los ataques programados y de la previsión bélica, Irán también presentía o tenía presente la posibilidad cierta del descabezamiento y, por tanto, la necesidad de establecer liderazgos en paralelo, con el mensaje subyacente de que la guerra no funciona como en los wésterns.
La segunda: la capacidad ingente demostrada por los atacantes de acertar con el disparo (y quien dice disparo, dice misil) personalizado, con la exactitud del bisturí, del estilete quirúrgico. La captura de Maduro (un raid relampagueante), la muerte de Jameneí, ahora la de Larijaní, personajes que debemos suponer que estaban protegidos y resguardados, nos demuestra tanto la habilidad del homicida, preciso y ajustado, eficaz y eficiente, en la localización de la víctima y en la acción programada, como la absoluta fragilidad en la que vivimos. Y un corolario final: la guerra no es un juego, aunque a veces lo parezca.
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