Opinión | ENTREBANCS
Las clases medias, ¿vivas o coleando?
El debilitamiento social avanza entre desigualdad, precariedad e incertidumbre económica

Ilustración: Nuestras clases medias / Freepik
La gran mayoría de investigadores sociales de las instituciones internacionales del relieve (desde la OCDE a la OIT, pasando por el FMI), de los gobiernos nacionales o supranacionales (UE), de las organizaciones políticas partidistas (de la derecha y de la izquierda) y las representativas del ámbito empresarial y sindical, entidades financieras y multinacionales, se interesan por los síntomas de decadencia de las denominadas clases medias, aunque las razones de tales inquietudes sean de naturaleza muy diversa y, en consecuencia, sus posibles soluciones distintas e incluso contradictorias.
El surgimiento y relativa consolidación de las clases medias, especialmente las nuevas, se produce después de la II Guerra Mundial. En nuestro contexto europeo, las fuerzas políticas ganadoras (especialmente los socialdemócratas y los democristianos) comenzaron a desarrollar proyectos políticos y económicos (¿utópicos?) que imposibilitaran un nuevo conflicto armado, el embrión de UE. La actividad productiva se reactiva con el Plan Marshall, incluidos ciertos criterios fordistas. Los sindicatos obreros siguen en lucha para obtener y consolidar sus derechos propios, sin por ello renunciar su acceso a los «nuevos» bienes de consumo y a ciertos servicios públicos básicos, como la educación y sanidad. De ahí surge la denominada sociedad del bienestar y las «nuevas» clases medias formadas por profesiones de empleos estables, con posibilidades de ascenso social y de nuevas oportunidades.
El auge de las nuevas clases medias, con profundos tropezones, se inició en España con la consolidación de la democracia y de los sindicatos. En nuestra comunidad, tal proceso intensivo coincidió con nuestro boom turístico e inmobiliario. Nacen nuevas oportunidades económicas, empresariales, profesionales… La existencia de tales clases medias posibilitaba una cierta estabilidad política y socioeconómica, pero gran parte de nuestro gozo cayó en el profundo pozo del crack que coincide con la crisis del modelo capitalista de índole especulativa que «revienta» las estructuras financieras: cierre del crédito, fuerte endeudamiento individual, familiar y empresarial, perdida de estabilidad profesional y laboral… De ahí surge un nuevo capitalismo dirigido y gestionado por los hiperliberales: reducción brutal de los recursos públicos, recorte drástico de acceso a bienes básicos (educación, sanidad, servicios sociales), índices insoportables de desempleo, temporalidad y precariedad.
Las clases medias se desvanecen, también en Balears, sustituidas por la construcción una sociedad dual. La inestabilidad es la norma, mientras amplios segmentos corren el riesgo de exclusión social y económica. Y no queda espacio para «soñar» en poder desarrollar proyectos personales, profesionales, familiares… Pero tal situación, ¿es puramente coyuntural e irá mejorando sensiblemente a medida que sigamos creciendo económicamente? ¿O como piensan otros, a pesar de que puedan percibirse mejoras puntuales, seguiremos instalados en una desigualdad e inestabilidad estructural donde el «ascenso» sólo es posible desde la meritocracia y el sálvese quien pueda y como pueda? El problema, o al menos parte de él, es que el camino hacia una solución coherente pasa por la política. El ciudadano medio, que sigue siendo objeto del deseo electoral de todos los partidos, está cabreado y frustrado hacia todo lo que huele a política, incluidos los partidos de reciente creación. La inseguridad y el miedo ganan terreno entre las clases populares europeas, basculando hacia planteamientos xenófobos, fundamentalistas y populistas. Nuestra realidad política es compleja y la no existencia de una mayoría absoluta obliga a negociar y pactar. No existen soluciones únicas e inequívocas, y no tiene por qué ser cierto que tal realidad suponga un riesgo de inestabilidad.
La tan cacareada estabilidad no puede consistir en más de lo mismo. Es el momento de afrontar reformas básicas que de momento reposan en el baúl de los recuerdos: educación, reforma laboral, pensiones, modelo territorial, financiación autonómica, Constitución del 78.
El futuro no tiene por qué ser inevitablemente negativo. La construcción de una sociedad inclusiva y cohesionada, donde las denominadas clases medias y populares recuperen sus posibilidades reales del acceso a bienes tangibles y no tangibles, es posible. Aunque no sea fácil.
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