Opinión | Tribuna
Torrente, refugio de la vieja masculinidad
Un código de complicidad masculina que no requiere adhesión plena al personaje, pero sí cierta disponibilidad para entrar en su clima

Torrente, refugio de la vieja masculinidad
El otro día fui al cine a ver Torrente, presidente y salí pensando menos en la película que en la sala. Yo esperaba, más o menos, lo previsible: un regreso nostálgico, una liturgia generacional, hombres de mediana edad reencontrándose con un personaje envejecido a la vez que ellos. Pero me encontré con otra cosa. Había, sí, mayoría de hombres. Y había también bastante público muy joven, chicos que no son ya la generación de Torrente. Esa fue la verdadera sorpresa. No que el personaje siga existiendo, sino que siga convocando.
El diagnóstico fácil sería también el más perezoso. No: una sala llena viendo Torrente no es automáticamente un mitin de extrema derecha. Ni todo el que se ríe con ese universo comparte sin más su mundo moral. Yo mismo fui a verla, y eso no me convierte en devoto del franquismo de bar, del machismo rancio ni de la brutalidad elevada a costumbre nacional.
La pregunta interesante no es qué representa Torrente. Eso ya lo sabemos. Expolicía franquista, zafio, machista, homófobo, racista: el muñeco está inventariado desde hace años. Lo relevante es otra cosa: qué sigue ofreciendo. Qué sigue poniendo en circulación para que hombres distintos, y también hombres jóvenes, entren todavía en ese clima sin sentirse del todo fuera de lugar.
Mi impresión es que Torrente importa menos como personaje que como coartada. O, mejor dicho, como ocasión para pensar algo más amplio: los privilegios afectivos de la masculinidad.
Durante mucho tiempo, la masculinidad tradicional no solo repartió poder. También repartió exenciones. A muchos hombres les ahorró ciertas obligaciones de cuidado, de escucha, de revisión y de responsabilidad emocional que recayeron intensamente sobre las mujeres. A eso me refiero cuando hablo de privilegios afectivos: no solo ventajas sociales, sino comodidades íntimas, pequeñas exenciones morales, formas de estar en el mundo con menos obligación de corregirse, explicarse o afinar.
La primera de esas comodidades fue la tosquedad. A muchas mujeres se las educó para hacerse cargo de los afectos; a muchos hombres, para sobrevivir a ellos con gruñidos. No saber hablar de lo que duele, no saber pedir perdón, no saber escuchar, no saber nombrar el miedo: todo eso no solo se toleró durante décadas, sino que a veces adquirió prestigio viril. La rudimentariedad emocional podía pasar por carácter. La brusquedad, por autenticidad.
La segunda fue la irresponsabilidad verbal. Decir barbaridades y después refugiarse en el viejo repertorio: «Era broma», «no exageres», «hoy en día no se puede decir nada». Uno de los privilegios masculinos más persistentes ha sido ese: herir sin quedar del todo obligado a reconocer la herida. Convertir la grosería en sinceridad y la ofensa en prueba de que uno sigue siendo «natural». No es solo una cuestión de mal gusto. Es una economía moral favorable: la otra persona carga con el daño y uno conserva la comodidad.
La tercera fue la camaradería sin intimidad. Muchos hombres aprendieron a vincularse no hablando de sí mismos, sino riéndose juntos de algo o de alguien. La burla, la obscenidad, el insulto ritual y la cerveza compartida: todo eso funcionó durante mucho tiempo como sustituto de la apertura afectiva. Estar juntos sin exponerse demasiado. Crear camaradería sin pasar por la vulnerabilidad. También por eso ciertas formas de humor siguen resultando tan hospitalarias para algunos hombres: porque permiten compañía sin desnudez emocional.
Todo eso no constituye un programa ideológico coherente, pero sí un repertorio emocional. Y los repertorios emocionales, a diferencia de los discursos, no desaparecen porque alguien los refute. Se quedan flotando. Buscan nuevas superficies donde posarse. A veces encuentran una butaca de cine.
Por eso importa tanto que hubiese jóvenes en la sala. Si el público masculino de Torrente fuese únicamente gente de su tiempo, la cuestión sería generacional: una supervivencia cultural, una mala costumbre que envejece con sus consumidores. Pero cuando aparecen chicos que no pertenecen a esa genealogía, la pregunta cambia. Ya no se trata de memoria. Se trata de transmisión. ¿Qué se transmite ahí? No una doctrina cerrada, desde luego. Más bien una forma de estar juntos. Una manera de reír. Un código de complicidad masculina que no requiere adhesión plena al personaje, pero sí cierta disponibilidad para entrar en su clima. Y, sobre todo, una pequeña amnistía para ciertas formas de estar en el mundo que muchos hombres ya no defienden en voz alta, pero tampoco terminan de abandonar.
Quizá ahí resida la vigencia de Torrente. No en que siga encarnando una masculinidad con autoridad para ordenar el mundo, sino en que todavía ofrece zonas de alivio para algunos de sus viejos privilegios afectivos. Como tantas formas históricas en decadencia, esa masculinidad ha perdido poder, pero conserva temperatura. Ya no se la puede defender de frente, pero aún se la puede habitar entre chistes, caricaturas y carcajadas como mecanismo de pertenencia y validación. Al final, lo que más tarda en morir no siempre es el poder, sino el calor que dejó en quienes aprendieron a vivir dentro de él. n
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