Opinión
Palma se apunta al disparate de la calesa eléctrica

Las calesas eléctricas ya funcionan en Alcúdia / Joan Frau
No se me ocurre peor invento que añadir a la colección de trastos motorizados que circulan por el casco antiguo de Palma que la calesa eléctrica. Como si al coche de caballos para turistas le debiéramos una evolución contemporánea con batería y enchufe para que ahora rivalice en las proximidades de la Catedral con patinetes, motos de tres ruedas y los diabólicos segway en procesión.
Cierto que últimamente no hay verano sin un caballo desplomado por un golpe de calor, que la ciudadanía está cada vez más preocupada por las condiciones en que se presta la actividad, que el Ayuntamiento ha tenido que imponer restricciones para que no se trabaje con altas temperaturas y que la paulatina decadencia del servicio turístico salta a la vista por la cada vez peor condición física de los caballos y el descenso de calesas en circulación, apenas treinta de las ochenta que llegó a haber en la ciudad, cuando hace tres décadas un paseo en coche de caballos todavía podía suponer un entretenimiento para algún visitante.
Solo faltaba la puntilla, escribir el digno final, si eso todavía era posible, que Cort prohibiera definitivamente una actividad ya extemporánea, vista la actual sensibilidad ciudadana y las repetidas escenas vergonzosas de caballos desplomados por el calor y el sobreesfuerzo. Desaparecería la atracción como herencia de los años del boom turístico, de los souvenirs de toros y postales de sevillanas, cuando la actividad se ejercía apenas tres meses al año como algo pintoresco de la época y no durante diez meses a ritmo industrial y con la actual saturación urbana.

Calesas circulando por el centro de Palma el pasado verano. / Manu Mielniezuk
Pero el Ayuntamiento de Palma ha llegado con los conductores a un acuerdo para que puedan hacer la transición del coche de caballos a la calesa eléctrica si así lo desean. Y ahora se dispone a definir el marco normativo para regular esa nueva actividad, con lo que se ahorra un conflicto con un colectivo, pero endosa a la ciudadanía un vehículo ridículo e innecesario que ni siquiera deberá detenerse para descansar.
No olvido el relato histórico alternativo que durante décadas construyeron tantos conductores de calesas que descubrieron la ciudad a los turistas con más imaginación que rigor. Gracias a ellos el Gran Hotel es una obra maestra de Gaudí; la basílica de Sant Francesc, el templo que Fray Junípero levantó con sus propias manos, de ahí la estatua en su honor. Y sa Llonja, la joya del gótico donde los mallorquines comprábamos pescado hace casi seis siglos. Lo saben algunos privilegiados de Glasgow, Berlín o Roma que disfrutaron de esos enriquecedores paseos culturales.
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