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Opinión

Irán: el peso de una mala decisión

Alguien debería decirle a Trump que el país mesopotámico es, a pesar de la pátina de retraso que puede reflejar ante nuestros ojos, uno de los más antiguos del mundo

El presidente de EEUU, Donald Trump, recibe a militares caídos de EEUU durante la guerra contra Irán

El presidente de EEUU, Donald Trump, recibe a militares caídos de EEUU durante la guerra contra Irán / Europa Press/Contacto/Daniel Torok/White House

Ante los acontecimientos que estamos viviendo desde hace dos semanas, quizás no haya nada más acertado que recurrir a la Historia. Esa gran olvidada de la política. Como dijo el gran Pierre Vilar, «el futuro de un país puede depender, en gran manera, de cómo sepan leer sus políticos su historia reciente». ¡Cuánta razón en las palabras del, probablemente, discípulo más aventajado de Jaume Vicens Vives! Y es que, si me permiten, la querencia bélica de los Estados Unidos sobre Irán puede estar basada, básicamente, en el desconocimiento del pasado. O, lo que podría ser peor, la incultura. Más aún: el rechazo a la realidad. Teniendo en cuenta que Donald Trump puede ser una de las personas mejor y más bien informadas del orbe, no sé qué opción puede ser la peor. O, no lo descarten, una mezcla interesada de todas ellas. La dimisión del director del Centro Antiterrorista de los EE UU, Joe Kent, apunta a presiones del «lobby» judío norteamericano, muy involucrado en la industria armamentista norteamericana. De hecho, en su carta de renuncia, el exespía - fue agente de la CIA, destacado en Oriente Próximo, de hecho allí murió su mujer, también miembro del servicio de inteligencia - lamentó la decisión «de llevar a la muerte a ciudadanos norteamericanos ante un enemigo que no es, hoy por hoy, una amenaza real para nuestro país».

Alguien debería decirle que el país mesopotámico es, a pesar de la pátina de retraso que puede reflejar ante nuestros ojos, uno de los más antiguos del mundo. Con una cultura que, en algunos casos, se pierde en la noche de los tiempos. La de los farsis. Alejandro Magno no los pudo someter en su momento. En las llanuras del hoy Irán empezó su decadencia. Tampoco los romanos. Augusto y Trajano se dieron cuenta de que el esfuerzo por dominar el valle del Tigris y Éufrates era demasiado grande. Ya más recientemente, el imperio inglés de Victoria tampoco pudo tomar Qom, ciudad sagrada de los chiíes.

Su orografía no invita a una campaña fácil: Irán no es una excursión nocturna en los cielos de Venezuela. El estrecho de Ormuz no aguarda sumisamente, como la abierta bahía de Caracas, con las fuerzas aéreas en tierra y nadie presentando batalla. Asia es otra historia. Allí hay orgullo por pertenecer a determinadas etnias, milenarias algunas de ellas. Irán tampoco es Irak, creación del «Premier» Malcolm McDonald. Imperio antiquísimo, el primero. Hay una más que apreciable diferencia en cuanto a caracteres: unos son chiítas, los otros sunitas. Para que el lector de confesión cristiana lo entienda: sería como comparar dos monasterios, uno franciscano y el otro cisterciense. La misma religión, pero con una muy diferente interpretación de las palabras de Jesucristo.

No debería causar extrañeza que Europa se vaya desmarcando del conflicto. Básicamente, porque una de las razones por las que la zona ha estado en permanente estado de guerra ha sido la muy opinable partición territorial que la reina Victoria impuso sobre lo que se llamaba la Gran Jordania. Ese territorio que comprende del Tigris al Jordán, el desierto de la Península Arábiga y acaba en Ormuz. Con doble capital: Damasco y La Meca. Dominio prometido por Lawrence de Arabia a los hachemitas a cambio de su apoyo, pero finalmente no aceptado por Londres. El temor a un gigante regional pudo más que otra cosa. Eran más interesantes como aliados los Saúd, familia de guerreros árabes de dudosas maneras. Así pues, la Gran Jordania se escindió en Arabia Saudita, Irak y un minúsculo país, Jordania. Abdullah ibn Husayn - líder hachemta - era, a su vez, el rey de los palestinos. Por ello les garantizaba su presencia en sus territorios históricos. Es decir, del sur del valle de la Bekáa hasta la península del Sinaí, y, tierra adentro, hasta Damasco. Muy probablemente, por ello fue asesinado en 1951.

Ya ven cuántos conflictos se hubieran podido evitar con una visión menos occidentalista del mundo. Más apegada al territorio y a su historia. De estos polvos, estos lodos. Complicado lo tiene Mr. Trump, la verdad. Con esta política más que agresiva - después de provocar un golpe de mano en Caracas, amenazar Groenlandia, bombardear Irán, ahora parece que le toca a Cuba -, se expone a perder las legislativas de medio mandato. Cuando, según todos los sondeos, hace tres semanas sus partidarios podían conseguir una victoria relativamente cómoda.

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